El nacional-conservadurismo: la reconstrucción de la derecha

Pocos días han sido más celebrados por el conjunto de los conservadores occidentales como el 9 de noviembre de 1989. La caída del muro de Berlín marcó el principio de la desintegración del bloque soviético y concluyó con el colapso del comunismo en toda Europa. El demonio rojo, la bestia negra ancestral de la derecha, el enemigo del mundo libre, por fin había sido derrotado. 

Es difícil no sentir una honda perplejidad ante el contraste evidente entre el entusiasmo que el fin de ese totalitarismo criminal suscitó y la desorientación que predomina hoy en el espacio político de la derecha en Europa y en Estados Unidos. Y es que, pese a la victoria sobre el comunismo, pocas dudas puede haber a estas alturas de que la situación del conservadurismo occidental es más precaria e insegura en la actualidad de lo que lo fue durante la Guerra Fría. Varias tendencias han confluido en ello. El progresismo posmoderno e identitario rechaza los valores tradicionalmente conservadores e incluso imposibilita la idea misma de una sociedad conservadora. La globalización, antaño solo temida por sectores de la izquierda, empieza a ser percibida por muchos conservadores como una amenaza para el mantenimiento de los vínculos sociales esenciales. Prolifera en la derecha sociológica la sensación de asedio por parte de un establishment cuyo alejamiento de los valores tradicionales es cada vez más evidente. 

Todo ello ha llevado a muchos al convencimiento de que es imperativo un renacimiento de la derecha occidental. Esta es la tarea que han asumido los impulsores del movimiento denominado nacional-conservadurismo, que aún carece de una definición precisa, pero que agrupa a diversos sectores de la derecha que, no sintiéndose representados en el consenso predominante, apuestan por un nuevo conservadurismo adaptado a los desafíos de hoy. 

Han sido los miembros de la Edmund Burke Foundation, presidida por Yoram Hazony, los que han tomado la iniciativa en la definición filosófica del nacional-conservadurismo y en su presentación formal como propuesta política, a través de varias conferencias internacionales que se vienen celebrando desde el año pasado, la más reciente en Roma hace solo dos meses. Esta última conferencia ha contado con la participación de notables figuras del mundo conservador actual: intelectuales como el propio Hazony (cuya obra The Virtue of Nationalism recibió el premio al mejor libro conservador del año 2018 del prestigioso Intercollegiate Studies Institute), Christopher DeMuth, Rod Dreher y Douglas Murray; y políticos como el primer ministro húngaro Viktor Orbán, la diputada italiana y líder del partido Fratelli d'Italia Giorgia Meloni, y la joven Marion Maréchal.


Más allá de las particularidades propias de cada uno de los intervinientes, un tono general de llamada a la reforma y la refundación ha sido el predominante en la conferencia. Si el conservadurismo occidental ha tendido a definirse, desde la Guerra Fría, como un "fusionismo" que une la defensa de la economía de mercado con los valores tradicionales, podríamos decir que el nacional-conservadurismo se asienta sobre los siguientes principios:

1. Los nacional-conservadores suscriben la tradicional defensa conservadora de la propiedad privada y el capitalismo, pero combinan esto con una sensibilidad social que reconoce la existencia de dislocaciones sociales para cuyo remedio es necesaria la intervención del Estado. Esto en ocasiones les lleva a mantener una postura crítica con ciertos aspectos de la globalización, que no equivale, al contrario de lo que muchos les achacan, a la adhesión a un miope proteccionismo económico sistemático. Lo que el nacional-conservadurismo rechaza resueltamente es el abstencionismo y la alergia irracional al Estado en los que buena parte de los liberales han caído, y que siguen tercamente manteniendo pese a la evidencia de los problemas que esta actitud genera. 

2. El nacional-conservadurismo reafirma y continúa la lucha cultural en defensa de los valores tradicionales a la que el establishment de la derecha occidental ha renunciado en gran medida. Ello se traduce, en las circunstancias actuales, en una oposición cerrada a la tiranía impuesta por la corrección política, que bajo el pretexto de reparar "opresiones" pasadas coarta las libertades básicas de los ciudadanos y pone en cuestión las instituciones básicas sin las cuales ninguna sociedad puede decirse civilizada, desde la familia hasta la autoridad de los tribunales. 

3. El nacional-conservadurismo incide en la importancia de la nación-Estado como unidad política fundamental y como la forma más idónea de promover el bien común y la libertad de las personas. Esto no supone un rechazo absoluto a toda forma de integración y de internacionalismo, pero sí implica un correctivo a determinados planteamientos que, amparándose en el discurso de la "aldea global", pretenden implementar políticas que erosionan la soberanía nacional en beneficio de organizaciones burocráticas que, en muchos casos, se encuentran alejadas de los valores e inquietudes del ciudadano medio. 

Todavía es pronto para valorar las potencialidades y la plasmación política del nacional-conservadurismo. La conferencia de Roma solo habrá cumplido su propósito en la medida en que los ideales que proclama puedan traducirse en una actuación política concreta y bien definida. Se trata, en todo caso, de un proyecto ilusionante para todos los conservadores que siguen considerándose herederos de una civilización y depositarios de una tradición milenaria; para todos los que, por utilizar la metáfora de Marion Maréchal, creen que lo que representa Notre Dame es digno de preservar. 

Antonio Mesa León

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