La revolución conservadora de Barry Goldwater

Cuando en 1964 Barry Goldwater fue derrotado por un amplio margen en las elecciones presidenciales de Estados Unidos ante Lyndon Johnson, muchos lo interpretaron como el canto del cisne del incipiente movimiento conservador americano. Ciertamente, vencer a Johnson, un presidente popular y que contaba con la ventaja de unos años de bonanza económica, era complicado, pero aún así, la victoria demócrata fue aplastante e indiscutible: Goldwater solo ganó en su estado natal de Arizona y en varios estados del Sur, obteniendo un pobre 38,5 % del voto total frente al 61 % de Johnson. La campaña siempre había sido favorable al antiguo vicepresidente de Kennedy, que había logrado, merced a un impecable trabajo de propaganda, retratar a Goldwater como un extremista con ideas peligrosas e impracticables y cuya elección sería una catástrofe para América. 

Nada hacía pensar, en aquel ciclo electoral tan doloroso para los republicanos, que este "extremista" acababa de poner las bases para el triunfo definitivo del conservadurismo estadounidense, que habría de ocurrir 16 años después, bajo el liderazgo de Ronald Reagan. 

Barry Goldwater - U.S. Representative - Biography

Barry Morris Goldwater nació el 2 de enero de 1909 en Phoenix, Arizona, en el seno de una familia con estrechos lazos con la comunidad: su familia paterna poseía una conocida cadena de grandes almacenes, y su tío Morris tuvo una notable carrera en la política local. El joven Goldwater no destacaba en los estudios y no terminó su educación universitaria, dedicándose en su lugar a dirigir el negocio familiar. Tras un servicio destacado en la Segunda Guerra Mundial, Goldwater, ya entonces un republicano convencido, sorprendió a propios y ajenos al ser elegido senador por Arizona en 1952, rompiendo el tradicional dominio demócrata del estado. 

El Partido Republicano se encontraba en aquellas décadas dividido entre sus ramas conservadora y progresista. Mientras que los conservadores eran partidarios de la disciplina fiscal y los impuestos reducidos, los progresistas habían aceptado todo o gran parte del intervencionismo económico inaugurado por el New Deal de Roosevelt. Goldwater se convirtió muy pronto en uno de los portavoces más reconocidos de la visión conservadora, criticando duramente al también republicano presidente Eisenhower por sus concesiones a la mayoría demócrata en el Congreso.

El otro punto principal de fricción entre conservadores y progresistas era la Guerra Fría. Si bien tradicionalmente los conservadores habían sido aislacionistas y contrarios al internacionalismo y a la intervención militar norteamericana en el extranjero, la amenaza soviética había cambiado las tornas, y Goldwater fue uno de los primeros exponentes de una nueva visión conservadora de la política exterior, caracterizada por un anticomunismo militante que rechazaba cualquier intento de apaciguamiento con el Kremlin. Estas posiciones le valieron duros reproches de los republicanos progresistas y de los demócratas, acusándolo de belicista y de querer provocar una guerra nuclear. 

La encarnizada oposición a Goldwater dentro de las filas republicanas no hacía prever, a priori, su elección como candidato presidencial en 1964. Al fin y al cabo, ningún conservador había ganado la nominación desde los años 30, siendo famosas en este sentido las varias campañas infructuosas del senador de Ohio Robert A. Taft, antiguo líder del conservadurismo. Sin embargo, a la altura de 1964, las cosas habían cambiado. El movimiento conservador había creado una potente red de apoyos y una eficaz maquinaria electoral capaz de disputar el poder al establishment republicano de la costa este, encabezado por el gobernador de Nueva York Nelson A. Rockefeller, que sería el principal rival de Goldwater en las primarias del partido. Así, tras una campaña muy dura y disputada, con acusaciones cruzadas en ocasiones de muy bajo nivel, Goldwater se impuso a Rockefeller y se convirtió en el candidato republicano. 

Pese a su triunfo y el entusiasmo que despertaba entre sus fervientes partidarios, Goldwater nunca logró unir a todo el partido en torno a su programa, y muchos miembros de la facción progresista le denegaron su apoyo. Sus enemigos internos, la prensa y la administración Johnson lo atacaron sin piedad, en ocasiones sobrepasando los límites de la ética política, y el propio Goldwater se vio en dificultades para explicar al electorado sus posiciones más controvertidas. Entre estas se encontraba su voto contrario a la ley de derechos civiles de 1964, fundado en razones constitucionales de limitación del poder del gobierno federal, pero que ciertamente fue un movimiento imprudente en una coyuntura crucial, en pleno proceso de lucha contra la segregación racial institucionalizada en los estados del Sur. Esta postura de Goldwater habría de tener serias consecuencias, pues aceleró el trasvase de votos hacia los demócratas en la población negra.

A pesar de su derrota, las posturas conservadoras de Goldwater no cayeron en el olvido. La estructura organizativa creada y la labor de difusión llevada a cabo por sus más destacados intelectuales continuaron influyendo en la evolución del Partido Republicano, y el desarrollo de los acontecimientos iba a reivindicar en parte su visión: la crisis económica de los años 70 puso de manifiesto los problemas del intervencionismo basado en el gasto excesivo y la inflación, y el escalamiento de la Guerra Fría reveló la necesidad de un liderazgo fuerte del mundo libre sin concesiones al comunismo. Habría de ser Ronald Reagan, gobernador de California y leal de Goldwater en 1964, quien portaría la antorcha del conservadurismo hasta la victoria final de 1980. 

La campaña de Goldwater en las primarias republicanas fue además notable por otro factor. Su desafío consciente y decidido al establishment progresista precipitó la transformación sociológica del partido. Si durante los años 40 y 50 los republicanos habían adquirido una imagen de organización elitista sostenida principalmente por los votantes ricos y de clase media-alta de las zonas más desarrolladas del país, la irrupción de Goldwater fue clave para atraer al votante blanco de convicciones conservadoras pero de posición social humilde. Así, en un giro total de los acontecimientos, el movimiento conservador transformó al viejo partido de los negocios en el partido del americano medio, erosionando el dominio demócrata cimentado desde el New Deal. Por ello, si hoy una mayoría de los americanos blancos de clase media apoya al Partido Republicano, es en buena medida gracias a la lucha que inició Goldwater. 

En sus últimos años de vida, y en un gesto que resalta de nuevo la independencia de criterio que siempre le caracterizó, Goldwater se enfrentó a sus compañeros de partido en determinados asuntos sociales en los que asumió posturas más izquierdistas: se declaró a favor de la protección medioambiental, del derecho al aborto, de la legalización de la marihuana y del derecho de los homosexuales a servir en el ejército. En parte, estas posiciones eran consecuencia de su rechazo a la derecha cristiana, algunos de cuyos portavoces exhibían en ocasiones una retórica excesivamente confesional. Sin embargo, aun teniendo presente esto, y pese a los ocasionales excesos de los conservadores sociales de este período, es difícil no percibir una cierta inconsistencia entre el Goldwater que proclamaba fidelidad absoluta a la Constitución y a los derechos de los estados y el Goldwater que aceptaba sin cuestionamiento una sentencia tan discutible como la de Roe v. Wade, con independencia de las posturas personales del senador sobre el aborto. 

Goldwater falleció en su casa de Paradise Valley, en Arizona, el 29 de mayo de 1998. ¿Cómo vería su país más de veinte años después? ¿Hubiera apoyado a Donald Trump? ¿Qué pensaría del Me Too y de la alt-right? ¿Podría un Goldwater ser elegido candidato republicano hoy? Son preguntas que no encontrarán respuesta. De lo que no cabe duda es de que aquel perdedor de 1964, aquel David conservador que se enfrentó al Goliat progresista, cambió con su derrota la historia de Estados Unidos y de todo Occidente. 

Antonio Mesa León

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