Las Guerras de Italia (I). Antecedentes al conflicto

Las Guerras Italianas fueron clave en el proceso transitorio desde el Medievo a la Modernidad al alterar de lleno el equilibrio geopolítico preexistente, mostrar la evidencia de que la riqueza no te exime de ser conquistado por potencias más fuertes territorial y demográficamente y, en definitiva, aupar a la Monarquía de España como el hegemón de Europa hasta la Paz de Westfalia (1648). Aunque no intermitentes, estos conflictos que tuvieron como dos grandes rivales a Francia y la Monarquía de España empezaron en 1494 y terminaron en 1559, dejando atrás a varios gobernantes y con treguas que servían solo para pagar deudas acumuladas y rearmarse. Sin duda, participaron más potencias, como los Estados Pontificios o Inglaterra y los campos de batalla estuvieron dispersos por toda Europa Occidental, pero si la historiografía las ha llamado Guerras de Italia es porque la península itálica fue el gran campo de batalla y el territorio donde tanto Francia como España deseaban expandirse. Iniciamos, así, una serie de artículos en los que intentaremos resumir estos conflictos a través del campo de la Historia de la Geopolítica y no de la Historia Militar.

Antes que nada pongámonos en situación. Empecemos por Italia. En el siglo XV no había nada parecido a la uniformidad en la Península Itálica sino que era un mosaico de ciudades-Estado que mantenían un equilibrio frágil a través de alianzas e intereses entrecruzados que podían hacer estallar una guerra en cualquier momento. Muchas de estas entidades políticas eran ducados o repúblicas oligárquicas en la que no pocas veces la legitimidad de sus gobernantes estaba en su capacidad de hacer prosperar a la ciudad y no tanto en su linaje. Se habían enriquecido durante ese siglo merced al fomento del comercio con Oriente y el resto de la Cristiandad y a un sector financiero boyante, lo que las había hecho florecer en el arte y la cultura. Tampoco debemos olvidar las importantes reformas políticas racionalizadoras de la administración, que también fueron clave para fomentar el comercio.



En el Ducado de Milán de 1494 gobernaba la dinastía Sforza, con sus propias pugnas familiares. En Florencia, hacía dos años que había muerto Lorenzo de Médici, apodado El Magnífico. El Pericles de la Nueva Atenas que era Florencia. Bajo la excusa de crear una verdadera República, asentó el poder absoluto de su familia a través de sofisticados lazos de alianza y dependencia e hizo prosperar a la ciudad fomentando el comercio y las artes. No obstante, muerto Lorenzo, la mayor parte de los florentinos estaban hastiados de la ostentosa y hedonista vida de la alta sociedad, el caldo de cultivo perfecto para el milenarista Savonarola. De eso hablaremos en otra ocasión.

En los Estados Pontificios, desde 1492 calzaba las sandalias del pescador Alejandro VI, el español Rodrigo Borgia. Un hombre hecho a sí mismo que, desde que era un joven asistente de su tío Calixto III, había conseguido mantenerse como canciller de la Curia y asentar a su familia en Roma, al mismo nivel que las romanas Colonna u Orsini. Pese a los recelos y odios que generaban él y su familia en Roma, logró ser elegido Papa tras la muerte de Inocencio VIII en 1492 con la ayuda de los Reyes Católicos que lo veían como un Papa favorable por haber apoyado a Isabel en sus conflictos con Enrique IV y por su origen español. Nada más lejos de la realidad. Alejandro VI –que decían que se puso ese nombre de pontífice en honor al conquistador macedonio- pretendía ser lo más independiente posible –favoreciendo a quien en cada momento se alineara más con sus intereses- y anexionar los territorios de la Romaña manu militari, en especial, la otrora sede imperial de Rávena, en manos venecianas.

En Nápoles, el único reino de Italia y sin duda la entidad política más extensa, reinaba la rama Trastámara del hijo bastardo de Alfonso V el Magnánimo de Aragón, que en 1442 había arrebatado Nápoles a la dinastía angevina y que, tras su muerte, había dejado la Corona de Aragón a su hermano Juan II y, a un hijo bastardo suyo, Nápoles. El Reino de Nápoles era, supuestamente, un vasallo del Sumo Pontífice –al que pagaba un impuesto feudal- y se apoyaban mutuamente. En ese 1494, el rey de Nápoles era Alfonso II.

En Francia, reinaba Carlos VIII, ambicioso monarca que quería expandir sus dominios. Con su padre, Luis XI, la Guerra de los Cien Años había terminado definitivamente con victoria francesa y habían conseguido  la Picardía y la Borgoña tras la muerte de Carlos I el Temerario, que soñaba con restaurar la vieja Lotaringia. Francia, tenía riquezas y poder militar suficiente para llevar a cabo aventuras expansionistas en el exterior. Tras la muerte de Carlos V de Maine, los derechos de los Anjou al trono napolitano pasaron al monarca francés. Tras asegurarse el apoyo del Duque de Milán Ludovico el Moro y el apoyo de los enemigos de los Médici en Florencia, decidió reclamar el trono napolitano. Puso como pretexto la importancia de Nápoles como base para preparar una cruzada contra el Turco que le permitiera recuperar a la Cristiandad Tierra Santa. No olvidemos que el Rey de Nápoles era también, aunque fuera solo de iure Rey de Jerusalén. No obstante, bajo estas fastuosas pretensiones estaban los deseos de que los mercaderes de Lyon y Marsella por entrar de lleno en el pujante comercio mediterráneo, dominado por Aragón y Venecia, amén de las fabulosas rentas que otorgaba el reino napolitano.

Mas, antes, debía frenar cualquier posibilidad de que el astuto Fernando fuera a defender a sus primos napolitanos. Isabel y Fernando acababan de concluir la Restauratio Hispaniae con la conquista del Reino Nazarí de Granada en 1492 y necesitaban asentar su conquista. No obstante, Fernando creía que era el momento de proyectar las ambiciones aragonesas tras años dejándolas de lado por los intereses castellanos. Deseaba recuperar los condados del Rosellón y la Cerdaña, arrebatados por Francia a su padre e hizo creer al francés que haría cualquier cosa por recuperarlos. Incluso ponerse de perfil ante la conquista francesa de Nápoles. Se firmó en 19 de enero de 1493 el Tratado de Barcelona entre Francia y Aragón. El francés, devolvía los condados a Fernando y él no intervendría en el conflicto de Nápoles a menos que las tropas francesas entraran en territorio pontificio.

En agosto de 1494, un ejército francés de 38 mil hombres entraba en Italia. La paz de Barcelona era solo un espejismo. Francia no tenía la capacidad de transportar por mar a tantos soldados y mantener el aprovisionamiento constante. No les quedaba otra opción que invadir los Estados Pontificios para llegar a Nápoles y Fernando lo sabía desde el principio. Habría guerra contra el francés en Italia pero él no sería el agresor…
               
                                                                                            D. Marcelino 

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