Los principios del conservadurismo

El conservadurismo es el gran desaparecido en el tablero político español. A pesar de que, de acuerdo con las encuestas de opinión, un porcentaje importante de los españoles se definen así, ninguno de los partidos políticos principales lo hace, y la situación en el ámbito intelectual y académico no es menos desalentadora. A ello ha contribuido, sin duda, el recuerdo de la dictadura franquista, pero también la falta de disposición de la derecha a hacer suya la bandera del conservadurismo, prefiriendo refugiarse en otros términos de apariencia más moderna ("liberal", "centro", etc.). Esto resulta aún más sangrante si tenemos en cuenta la ilustre tradición del conservadurismo patrio, que ha producido a lo largo de la historia grandes figuras como Cánovas, Silvela o Maura. 


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No obstante, sería equivocado pensar que estas reservas respecto a lo conservador se limitan a la realidad española. Por el contrario, siempre ha existido una tendencia muy marcada entre ciertos pensadores a menospreciar la relevancia intelectual del conservadurismo, considerándolo más bien, en el mejor de los casos, como una mera reacción instintiva frente a ciertos desarrollos sociales, desprovista de racionalidad, y en el peor, como la defensa encubierta de intereses oscuros. Unos pocos ejemplos bastan para ilustrarlo: John Stuart Mill definía a los conservadores como el partido de los estúpidos (stupid party), Friedrich Hayek rechazaba la etiqueta de conservador porque, a su juicio, el conservadurismo se limitaba a una actitud reactiva sin contenido filosófico sustantivo, y Samuel P. Huntington entendía el conservadurismo de modo situacional, de manera que su significado y programa mutaban invariablemente según la coyuntura política y social del momento. 

En realidad, lo que estos críticos están señalando es una característica del pensamiento conservador largamente reconocida por sus defensores: el hecho de que el conservadurismo, a diferencia del liberalismo y el socialismo, no es una ideología. El término "ideología" se ha desnaturalizado hasta ser equivalente a cualquier pensamiento político en general, pero en su origen tenía un significado mucho más profundo: remitía a una doctrina social definida y cerrada que afirmaba tener la respuesta a todos los males del mundo y prometía, mediante su aplicación, instaurar el cielo en la tierra. Las ideologías difieren en su diagnóstico sobre la causa de dichos males y en las recetas para suprimirlos, pero todas se basan en una visión reduccionista de la naturaleza humana y en un utopismo insensato que pretende amoldar la sociedad al ideal estrecho del ideólogo. 

El conservadurismo, por el contrario, se funda en principios opuestos a las fantasías de las ideologías:

1. Frente al reduccionismo de los ideólogos, los conservadores poseen una visión realista y humilde de la naturaleza humana y no creen que exista una única fuente de todos los males que sea posible eliminar. Por este motivo, y a diferencia del énfasis propio de las ideologías en un determinado valor o idea fuerte (la libertad en el liberalismo, la igualdad en el socialismo, la nación en el nacionalismo...), el conservadurismo ha tendido históricamente a favorecer la complementariedad y la síntesis de bienes sociales en apariencia opuestos, defendiendo tanto el orden como la libertad, tanto la propiedad privada como la necesidad de políticas sociales. 

2. Los conservadores entienden que la prudencia es el arte supremo del estadista, y en consecuencia creen que los cambios sociales, aunque necesarios, deben ser moderados y compatibles con el mantenimiento de las instituciones imprescindibles para la continuidad de la sociedad. La prudencia del conservador contrasta con la arrogancia del ideólogo que, encerrado en su torre de marfil, desprecia las tradiciones y el legado del pasado y los considera como meros obstáculos a barrer para la instauración de su utopía particular. 

3. El conservadurismo siempre ha rechazado la absorción de la sociedad por el Estado, mostrándose favorable a la libertad y la autonomía de los cuerpos sociales intermedios. Mientras que los delirios de grandeza del ideólogo lo conducen a pretender la reglamentación de todos los aspectos de la vida social para acomodarlos a su ideal teórico, los conservadores entienden que la familia, la iglesia, el municipio, etc., deben disponer de una esfera de actuación propia libre de la injerencia del Estado. 

El conservador, en definitiva, lejos de la caricatura que nos lo presenta como un defensor de su estatus privilegiado, no es más que alguien humilde que acepta los límites impuestos por la naturaleza a sus deseos. Las palabras de Christopher Lasch resumen a la perfección el credo conservador:

"[...] the essence of cultural conservatism is a certain respect for limits. The central conservative insight is that human freedom is constrained by the natural conditions of human life, by the weight of history, by the fallibility of human judgment, and by the perversity of the human will. Conservatives are often accused of an exaggerated esteem for the past, but it is not the moral superiority of the past so much as its inescapability that impresses them. What we are is largely inherited, in the form of gender, genetic endowment, institutions, predispositions—including the universal predisposition to resent these constraints on our freedom and to dream of abolishing them. What was called original sin, in a bygone age, referred to the most troubling aspect of our natural inheritance—our natural incapacity for graceful submission to our subordinate position in the larger scheme of things."

El Conservador Español

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