¿Por qué El Censor?

La historia del ser humano a veces parece actuar con sorna sobre nosotros. El título de esta revista – El Censor- escandalizaría a un porcentaje nada desdeñable de esta infantilizada sociedad. He ahí la gracia del título, que cumple su función provocadora ante aquellos que dicen defender la sacrosanta libertad de expresión mientras se encargan de crear una censura realmente sofisticada, la de la corrección política. Y la califico de sofisticada porque, por lo general, no utiliza la coacción como han hecho las tradicionales autocracias. Vivimos –como dice el maestro Dalmacio Negro Pavón- en un sistema de Totalitarismo Democrático que, en apariencia, te deja ser libre pero arrolla todas las formas naturales de organización mientras incrementa el tamaño del Leviatán y se nutre de bolsas de votantes que para prosperar dependen de ese monstruo.

El título, reitero, El Censor, hace alusión también a la magistratura de la Antigua Roma que lleva ese nombre. La función de dicha magistratura era realizar un censo ciudadano y velar porque los romanos se mantuvieran virtuosos en sus costumbres. No obstante, el nombre no se debe al cargo en sí sino a un célebre estadista del siglo II a.C. que lleva ese sobrenombre. Sí, estamos hablando de Catón el Censor o el Viejo. Ya habrá tiempo de profundizar en su biografía en la sección dedicada a Historia, pero si le tomamos por referente es porque es un símbolo. En una época en que las élites romanas ya no buscaban ser glorificadas defendiendo a su patria sino amasar fortuna y adoptar costumbres extranjeras decadentes, un hombre austero y honrado, que era capaz de trabajar codo con codo con sus esclavos, emergió como defensor y guardián de la vieja república de Cincinato y Apio Claudio y como defensor de las virtudes y tradiciones romanas ante unas élites que querían liquidar el ethos del romano importando tradiciones extranjeras, especialmente de una Grecia que había caído en el relativismo y la decadencia. No dudamos aquí de las bondades que nos trajo la fusión de las culturas griega y romana, rematada con la verdad cristiana, pero Catón es el símbolo de aquel que se rebela ante la corriente dominante de una élite totalmente corrompida y decadente. Algo análogo a lo que nos sucede hoy. No somos ingenuos y conocemos la Ley de Hierro de la Oligarquía–quizás la única ley que existe en la Historia- por lo que deseamos sustituir a estas corrompidas e idiotizadas élites por unas válidas, con sentido de la virtud, amor a su patria y empeñadas en buscar el Bien Común.

La naturaleza de esta revista será conservadora, acorde con las últimas exposiciones de pensamiento llevadas a cabo por intelectuales y estadistas en lo que se ha venido a llamar nacional-conservadurismo. Conservadurismo entendido este no como una ideología de carácter salvífico, sino como una actitud ante la vida que valora la experiencia y las instituciones que el ser humano ha ido creando con el paso de los siglos, sabiendo conservar lo bueno y liquidando de manera ordenada lo que ha resultado nocivo. A diferencia del folclórico tradicionalismo, no deseamos hacer lo imposible, es decir, retornar a un idealizado pasado que no estaba exento de injusticias y perfidias. Nuestro deseo es conservar aquellas instituciones naturales que se han demostrado como garantes de la virtud de la comunidad y de la libertad humana. A decir, la familia, la parroquia, las asociaciones, la tradición jurídica, las tradiciones locales y populares. También, queremos preservar la naturaleza y sus bellos paisajes como creaciones de Dios que son. Esto, no implica caer en el paganismo ecologista que mitifica la naturaleza, otorga inexistentes derechos a los animales e intenta imponer políticas nocivas para los trabajadores de los suburbios y para los agricultores y ganaderos en beneficio de una clase adinerada urbanita que mira con desprecio a aquellos que cuidan, conocen y preservan esa naturaleza que desconocen pero mitifican.

Como decía antes, el conservadurismo no es ideológico, es decir, no cree en ninguna religión política que prometa el paraíso en el mundo de lo inmanente. Por ello, rechazamos con ferocidad el comunismo planificador y asesino, la locura ultranacionalista del fascismo y la quimera libertaria que cree que puede liquidar la autoridad política deificando al mercado, por mucho que algunos digan ser cristianos. A diferencia de estos últimos, sabemos que la economía es siempre política y será tan libre como quieran las autoridades estatales y para quien quieran ellos. Eso no quita que creamos, conforme a lo que nos demuestra la experiencia y el deseo por preservar la libertad humana, que, sin caer en la miopía arcádica del libertarismo, cuanto menos se estorbe al ser humano, mejor. Creemos en un Estado fuerte, que no grande, capaz de preservar el orden, la seguridad y las libertades del pueblo. Para poder triunfar y buscar el Bien Común, su constitución política debe estar basada en la Ley Natural –cuyos fundamentos no religiosos se han demostrado como los mejores para tener una sociedad sana- y en la tradición de la libertad propia de Occidente, basada en la sospecha del poder y el respeto por la organicidad y autonomía del cuerpo social. Debe ser capaz de proclamar el estado de excepción pero jamás debe, arbitrariamente, liquidar el derecho natural de los ciudadanos para beneficiar a una casta dominante. En lo económico, hablaré en mi nombre exclusivamente ya que el conservadurismo, al no ser una ideología, carece de una doctrina cuasi religiosa que dé solución a todos los problemas que nos acarrean. Por ello, en mi caso, opto por una Economía Social de Mercado que respete la organicidad del cuerpo social y busque el Bien Común, haciendo que todos puedan beneficiarse de las bondades del capitalismo pero garantizando que nadie se quede atrás por regular a favor de unas élites financieras. Honramos y respetamos al pequeño propietario, al pequeño empresario, a las clases medias trabajadoras. Y, por último, en lo soberano, creemos que la Nación-Estado se ha demostrado como la forma institucional más realista y eficiente ante aquellos que quieren dar cada vez más poder a organizaciones supranacionales difíciles de controlar y ajenas a la realidad. Respeto por la soberanía de las naciones y diplomacia bilateral.

En fin, sirva esto como una suerte de introducción a lo que buscamos con este proyecto que iniciamos con ilusión y afán por aportar buscando la verdad, la honestidad, el sentido común y la independencia. La objetividad no existe y ya conocen nuestras creencias. No obstante, no nos conduciremos por intereses ajenos sino por lo que creemos que es correcto.



Diego de la Llave García

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