Los conservadores y el libre comercio

Con frecuencia se acusa a los conservadores de carecer de ideas propias en el debate sobre el modelo económico, guiándose más por intereses que por principios. Friedrich Hayek, el gran pensador liberal del siglo XX, fue enfático en sus críticas a un conservadurismo que, en su opinión, carecía de doctrina o teoría social propia y se debía obligado a recurrir, a forma de plagio, a la liberal para apoyar sus posturas. 

Dada la naturaleza no ideológica y realista del conservadurismo (lo que ya hemos tenido ocasión de remarcar aquí), no debe sorprender la ausencia de dogmas inquebrantables sobre el mejor orden económico posible. No hay una "economía conservadora", como tampoco hay un único modelo de gobierno conservador. Solo las ideologías pueden prometer a sus adeptos una solución milagrosa para todos los problemas de la vida social. Sin embargo, conservadores de todas las épocas han insistido en que una economía que funcione debe respetar unos principios mínimos; señaladamente, permitir la libertad de las personas, promover la prosperidad y ser compatible con el mantenimiento del orden social. Aunque la economía es una dimensión fundamental de la sociedad humana, el orden económico, para ser justo y digno de defender, debe estar adaptado a la naturaleza del hombre y respetar sus límites. 

¿Cuál debe ser la posición del conservador, por lo tanto, sobre el libre comercio, intensamente discutido incluso antes de que Adam Smith publicara La riqueza de las naciones? Aunque hoy existe un consenso mayoritario entre los economistas a favor de los beneficios de una economía abierta libre de restricciones, sigue existiendo un enconado debate respecto a si tales beneficios compensan sus costes. En general, se arguye, tanto por críticos de derecha como de izquierda, que el libre comercio perjudica los salarios y el empleo de aquellos trabajadores que se ven incapaces de competir con la producción extranjera. También se argumenta que existen determinados sectores, como el energético, que debido a su carácter "estratégico" para la economía del país, deben, o bien nacionalizarse, o estar sometidos a una regulación estatal intensa. 

Es esencial, para comenzar, distinguir la crítica conservadora a los excesos del capitalismo de los intentos más o menos abiertamente confesados de socialistas de diverso pelaje de someter la propiedad privada al dictado del poder político. La propiedad es un principio fundamental del pensamiento conservador, y la oposición a la socialización de la misma ha formado parte en todas las épocas del credo irrenunciable de la política conservadora. Sin embargo, como tantas veces se ha señalado, esta defensa no equivale a una sumisión a los intereses de las grandes empresas, y ha sido frecuente que a lo largo de la historia destacados líderes conservadores hayan implantado medidas de regulación de la actividad económica para favorecer el bien común. En el caso concreto del comercio exterior, ¿cuáles deberían ser esas medidas? 

Conviene partir de la base de que el proteccionismo sistemático es un error. La teoría económica muestra la futilidad de pretender aislar a la economía nacional en aras de una mítica "autarquía" que siempre ha llevado al empobrecimiento generalizado. El comercio es beneficioso para las naciones, no solo desde el punto de vista económico, sino también desde el político, pues favorece la creación de intereses compartidos entre vecinos y promueve buenas relaciones de paz entre los países. 

No obstante, no se puede olvidar que, en muchas ocasiones, el libre comercio se aprueba mediante tratados bilaterales o multilaterales en los que pueden incluirse disposiciones que pueden suponer una carga excesiva para la economía nacional (véase, como ejemplo, la exigencia de cumplir con determinadas regulaciones medioambientales). Otras veces estos tratados traen consigo imposiciones mucho más sangrantes de carácter más político que económico, dictados a gusto de la ideología dominante. El conservador, entonces, será partidario de una negociación de estos tratados en la que se garantice la máxima promoción del interés nacional, y rechazará aquellos que impongan cargas inasumibles para las empresas y los trabajadores del país. El libre comercio no puede en ningún caso ser la puerta de apertura a determinadas ideologías opuestas al orden conservador. 

Lo anterior puede ser considerado más o menor razonable y generar una mínima controversia. Pero, ¿debería el conservador ir más allá? Quizá la principal amenaza que un libre comercio irrestricto puede representar para una sociedad conservadora es la desaparición de determinados modos de vida cuya afinidad con la visión conservadora los hace imprescindibles para la preservación de un orden social sano. Los agricultores y los trabajadores industriales son buenos ejemplos. La pérdida de estos empleos no solo trae consigo consecuencias económicas, sino también sociales: marginación, resentimiento, debilitamiento de la estructura familiar, etc. Un conservador verdadero no puede permitir que un determinado grupo de ciudadanos viva al margen de la sociedad, sin oportunidades, sin futuro y sin perspectivas para sus hijos. Aunque la reconversión de algunos sectores es inevitable en un sistema de economía libre, los costes sociales que comporta deben ser minimizados, y el Estado ha de tomar un papel activo en ofrecer a empresas y trabajadores nuevas opciones de viabilidad. Si esto debe implementarse a través de planes de empleo temporal, de políticas de incentivos para la reindustrialización, etc., es un debate mayor que queda fuera del alcance de este artículo. 

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El conservadurismo, pues, no tiene una visión anticapitalista ni contraria por principio al libre comercio. Pero la economía debe funcionar en beneficio de todos, y no solo de la población cualificada de las grandes metrópolis. El trabajador metalúrgico o el agricultor que cotizaron toda su vida para dar lo mejor a sus hijos también se merecen disfrutar de estos beneficios compartidos sin tener que verse abocado a la incertidumbre sobre la continuidad de su estilo de vida. 

El Conservador Español

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