Daniel Webster y el nacionalismo americano

El rasgo más distintivo del nuevo conservadurismo que poco a poco se va asentando en Occidente en respuesta a la asunción por el centroderecha tradicional de los mantras progres es la revalorización del Estado-nación como elemento vertebrador de nuestras sociedades. El nacional-conservadurismo se distingue así no solo del liberalismo economicista, sino también de un fosilizado tradicionalismo que sigue manteniendo una centenaria desconfianza hacia el nacionalismo por considerarlo un fenómeno intrínsecamente revolucionario y perverso. Sin embargo, basta echar un vistazo a la historia para constatar que el Estado-nación ha sido la forma política que mejor ha permitido en los últimos siglos el mantenimiento de una sociedad conservadora.

Podemos encontrar un ejemplo paradigmático de esto en el caso de Estados Unidos, donde la relación entre conservadurismo y nacionalismo fue evidente ya desde la independencia de las colonias. El Partido Federalista, bajo el liderazgo de Adams y Hamilton, fue desde un principio el máximo valedor de la autoridad, las jerarquías y el orden, y el eterno oponente de los excesos revolucionarios que encarnaban los partidarios de Jefferson. La búsqueda de un gobierno federal fuerte era el corolario necesario de una política fundada en asegurar la viabilidad de la nueva república evitando su recaída en la anarquía. Además los federalistas creían en una cierta noción de la moral social y la virtud pública, basada en los valores cristianos, que debía ser promovida por medio del poder político. Garantizar todo esto sin la ayuda vigorosa del gobierno central era, por supuesto, una utopía. 

Esta visión nacionalista conservadora fue la que el senador de Massachussets Daniel Webster (1782-1852) articuló en su célebre debate con el senador de Carolina del Sur Robert Hayne, en enero de 1830. A partir de una cuestión aparentemente menor y pedestre como lo era la venta de tierras pertenecientes al erario público, Webster formuló las ideas clave que constituían el núcleo de aquel incipiente nacionalismo americano que veía a Estados Unidos como una única nación soberana y al gobierno federal como el instrumento necesario para asegurar su orden y prosperidad. 


Webster planteó dos cuestiones capitales en sus discursos, que son tan relevantes hoy como entonces. En primer lugar, la tensión siempre existente entre la autoridad y la libertad. Buena parte del debate estuvo dedicado a la discusión del llamado derecho de interposición (interposition). Según Hayne, que en esto emulaba los argumentos que ya utilizara John C. Calhoun a propósito de la nulificación, los Estados tenían un derecho de oponerse a aquellas actuaciones del gobierno federal que entendieran inconstitucionales, y en consecuencia impedir su aplicación en su territorio. La interposición nunca llegó a ser aceptada por el Tribunal Supremo como doctrina constitucional válida, pero fue adoptada por sus defensores como el único recurso capaz de garantizar los derechos de los Estados de forma eficaz. 

Webster se opuso con energía a la teoría de la interposición, señalando que, en la práctica, tal criterio convertía las normas federales en papel mojado, necesitadas del consentimiento de cada uno de los Estados para su eficacia. Además, esta idea convertía a los Estados de facto en los verdaderos intérpretes de la Constitución federal, minando en consecuencia la extensa jurisprudencia sobre competencias y derechos individuales que el Tribunal Supremo había ido tejiendo durante las décadas precedentes. La defensa de la interposición la concebía como un medio de proteger la libertad frente a un gobierno potencialmente tiránico, y en este sentido enlazaba con las críticas clásicas de los antifederalistas, para los cuales la concentración del poder en el gobierno federal era el mayor peligro. ¿Pero qué respuesta daban estos críticos a la anarquía que podría derivarse del ejercicio de esta interposición? En su celo por defender las libertades locales, obviaban los peligros en los que se corría el riesgo de caer. 

Lo que Webster apuntaba a su respuesta a Hayne era, en definitiva, que diluir la autoridad política esencial de un gobierno nunca puede ser positivo, y más bien es una receta para la insubordinación permanente. Los paralelismos con la situación actual de España en materia territorial son obvios, y es innecesario remarcarlos. Pese a ello, no pocos conservadores de hoy recelan de un gobierno central fuerte y ven en la descentralización la panacea frente a la hegemonía progresista. Si esta última es el resultado de un adoctrinamiento ideológico deliberado implementado por las élites, ¿no garantizaría una mayor descentralización la primacía de la moral natural, de los criterios del ciudadano corriente? El problema de este argumento es que pasa por alto la situación de atomización social sin precedentes que vivimos hoy. Lo característico de la época posmoderna es la disolución de los vínculos esenciales y la proliferación de "identidades" individuales o grupales enfrentadas, que convierten la sociedad en un campo de batalla perpetuo. En tales circunstancias, la descentralización solo significaría profundizar en este proceso y ahondar en la destrucción de la comunidad política. En el fondo, lo que está ausente en el mundo moderno es precisamente la nación, o con más exactitud, un proyecto nacional que verdaderamente integre a los ciudadanos y vertebre la sociedad. ¿Qué instrumentos tenemos los conservadores para restablecer tal proyecto? Lo único con lo que contamos es el poder del Estado. De ahí la importancia de defender la soberanía nacional como criterio de legitimidad frente a los separatismos y frente a los cosmopaletos esnobs.

El segundo tema fundamental que permea el debate entre Webster y Hayne, aunque menos explícito que el anterior, es el contraste entre la idealización de la historia y las exigencias prácticas del buen gobierno, que no es otra cosa que el contraste entre el reaccionario y el verdadero conservador. Lo que subyacía en el fondo a la exhortación de Hayne era la nostalgia hacia las libertades y prerrogativas que los Estados habían poseído en la época de la Confederación, y aún más en el período colonial. Para él, Carolina del Sur era la auténtica nación, no Estados Unidos. Su recelo hacia el gobierno federal traía causa del miedo a perder aquella idiosincrasia local que Hayne consideraba necesaria para preservar su modelo de sociedad querido. La postura de Hayne ha sido muy elogiada por algunos conservadores de la época contemporánea, que lo perciben como el defensor de la tradición frente a la uniformidad impuesta por la ideología. 

En realidad, la posición de Hayne representa a la perfección la caricatura que del conservadurismo tienen muchos: una actitud meramente reactiva frente a las novedades, que no incorpora contenido positivo más allá de la repulsa hacia los cambios y que diviniza las formas del pasado. Pero el problema es que esa sociedad idílica que supuestamente existió o existe y que la modernidad malvada destruye es una quimera. El conservador genuino está dedicado a la preservación de principios, no de situaciones históricas particulares. La mera resistencia a todo lo nuevo supone en realidad la condena del conservadurismo a una posición eternamente defensiva, a una posición sin discurso de futuro, a una posición derrotista que inevitablemente es barrida por el curso de la historia. Pero precisamente, lo que la historia nos enseña es que los conservadores, lejos de ser unos nostálgicos sin remedio, son de hecho los grandes reformadores. Hamilton y Burke, Disraeli y Bismarck, Adenauer y De Gaulle..., todos ellos fueron eminentes estadistas conservadores que, manteniendo una misma visión de la naturaleza humana, adaptaron el marco político a las necesidades de la sociedad de su tiempo sin perder la continuidad en los principios esenciales. Es más acertado, por tanto, considerar que la postura de Hayne es nítidamente reaccionaria, mientras que Webster encarnaría ese conservadurismo de orden que es el legítimo heredero de las aspiraciones federalistas. 

La enseñanza más importante que nos transmiten los discursos de Webster es que un conservadurismo exitoso es, igual entonces que en nuestros días, nacional y popular, y que el gobierno no es un enemigo, sino un medio, un instrumento para garantizar la cohesión de la nación y para implementar el proyecto de una sociedad virtuosa y próspera. Este es el legado que los conservadores de hoy debemos defender.


Antonio Mesa León

Comentarios

Entradas populares