La Guerra de Afganistán y la importancia de que las palabras se conviertan en hechos

Es una verdadera tragedia ver cómo el sectarismo de partido es capaz de cegar nuestra capacidad de razonar. El que aquí escribe admite sin vergüenza alguna que ha sido partícipe de esto más de una vez y a su mucho pesar. Un caso paradigmático fue el de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Aunque a nosotros, españoles, no deberían importarnos mucho esos comicios, siguen siendo la primera superpotencia mundial tanto para lo bueno como para lo malo así que, inevitablemente, los lugares propicios para la polémica se dividieron entre los que apoyaban ciegamente a Trump y los que apoyaban ciegamente a Biden. Los primeros –entre los que me encontré- pintaban la Presidencia de Trump como la verdadera recreación de algo así como el Paraíso en la Tierra. Nada hacía mal, todo lo hizo bien. Los segundos, se dedicaron únicamente a demonizar a Trump y reiterar los ya pedantes mantras tibetanos de la Sociedad Abierta y del consenso liberal progresista que irradia todo. Por suerte, los acontecimientos suceden, se tranquilizan las pasiones y todo puede analizarse de manera más o menos sosegada.

Mi primera reacción tras la derrota de Trump –que mi razón me decía que sucedería pero mi corazón se agarraba a la esperanza idealizada- fue preguntarme por qué se había producido. Leí críticas muy interesantes de gente como J. D. Vance, Rod Dreher, Ann Coulter –que cuando no es una panfletaria puede resultar brillante-, Josh Hammer, Patrick Deneen, Tucker Carlson y toda la serie de artículos de The American Conservative a este respecto. Habíamos puesto demasiadas esperanzas –yo, al menos- en un hombre con desequilibrios evidentes. En verdad, pese a algunas cosas que se habían hecho bastante bien –lo cual es digno de realzar-, la presidencia del cuadragésimo quinto monarca electo había sido más tweet, apariencia y show que otra cosa. “Perro ladrador, poco mordedor” que dirían en mi tierra. Y es verdad. Trump propuso cosas muy interesantes –especialmente en 2016- y ha abierto la puerta a debates antes enviados al ostracismo pero sus acciones presidenciales han sido indistinguibles de las de un Ted Cruz o cualquier republicano fusionista.

Uno de esos temas en los que hubo mucha verborrea pero poca acción fue, justamente, el de la ya veinteañera Guerra de Afganistán. Poner fin a “guerras interminables” en Oriente Medio fue una de las grandes promesas de campaña de Donald Trump. Un tema con apoyo bastante bipartidista a menos que vivas en Washington D.C. o tu trabajo dependa de alguna empresa armamentística. En estos cuatro años, hubo muchas declaraciones de Trump que parecían entrever una retirada inmediata y unliateral de las tropas estadounidenses del país pastún. Han sido reiteradas, la gente de derecha sociológica se hizo eco pero, el 20 de enero Trump se fue a Florida y seguía habiendo tropas en Afganistán. Es más, si contabilizamos todas las tropas que Trump movió a las bases norteamericanas en Arabia Saudí y otros países de la Península Arábiga, hay más efectivos sobre el terreno después de su presidencia en Oriente Próximo-Medio que antes de ella. No ha metido a EEUU en ninguna guerra nueva pero tampoco les ha sacado de ninguna anterior a él. El Trump aislacionista no ha existido jamás ni era previsible que existiera.



Lo curioso, ha sido el caso de Biden. Todo el mundo esperaba que volviera lo que algunos llaman el “neoconismo”. Bueno, esto, por ahora, ni es así ni se espera que sea así ¿por qué? Biden nunca ha sido “neoconservador” aunque sí wilsoniano. Ojo a esto porque ciertas personas son dadas a hablar sin conocimiento de causa. El Neoconservadurismo es, primero, nacionalista estadounidense. Al menos en su origen. Ese nacionalismo es agresivo y está envuelto de liberalismo pero no por eso deja de ser nacionalismo. Segundo, es unilateralista y, si es necesario, evade tanto las instituciones supranacionales como el Derecho Internacional. Biden, queridos lectores, es un wilsoniano. Es decir, es internacionalista, da importancia a las instituciones supranacionales y, de ser necesario utilizar la fuerza, lo hará de la mano de los aliados de EEUU y buscando la imagen de una acción multilateral en la que todos son iguales. Ambas formas de entender la política exterior acaban casi siempre en el mismo sitio pero es sumamente deshonesto decir que son iguales. Por esto mismo, no ha habido una invasión de Irán ni seguramente la haya. No al menos de manera unilateral como la última Guerra de Irak.

Biden está continuando con lo iniciado con Obama. Una política exterior basada en una sutil marcha atrás en la presencia en el terreno de EEUU mientras se refuerza el multilateralismo y se fomenta el supranacionalismo a través de tratados de libre comercio y una supuesta “seguridad colectiva”. Por eso la Administración del antiguo senador por Pensilvania está intentando retornar al acuerdo de no proliferación nuclear con Irán, incluyendo a esta en la “fiesta supranacional” en algo tan importante como el armamento nuclear. También tiene planes sobre el papel para frenar a China desde el ámbito económico como el “Made in America”. Esto, ciertamente, es una clara herencia de Trump aunque nunca pasó del mero arancel. Si quitamos todas las telarañas “woke” y se lleva a cabo este plan, estaríamos ante la mayor reacción hasta ahora al poderío chino. No hay indicios, tampoco, de que EEUU vuelva a ser el adalid del librecambismo, con el ya anciano presidente, para pena de sus donantes.

Tras esta aclaración, volvamos al tema del conflicto afgano. Si hiciéramos caso a los “juntaletras” –por decirlo en un tono suave- de la derecha mediática española que opinan sobre actualidad estadounidense sin tener mucha idea, lo normal es que Biden hubiera anunciado incrementar los efectivos en Afganistán. Al contrario, ha anunciado una retirada unilateral de todas las tropas estadounidenses allí presente para el 1 de Mayo de este mismo año. Según declaraciones suyas, hay que parar ya este conflicto “multigeneracional”. En su campaña habló algo de este tema pero no con la vehemencia y frecuencia con la que el magnate de Queens ha dicho que acabaría con las “guerras interminables” desde 2016 a esta parte. Biden no solo ha mantenido la retórica y las acciones “descafeinadas” que favorecían la salida de Oriente Medio desde la Era Obama sino que, a menos que suceda algo que cambie todo esto, llevará a cabo acciones definitivas. Trump habló mucho de Afganistán pero nunca retiró definitivamente a las tropas de allí. Biden apenas ha hablado de esto pero las va a retirar definitivamente salvo contratiempos importantes. Él, su gabinete, sus asesores, quien sea, se han dado cuenta de que el centro del conflicto mundial pivota hoy en torno al Pacífico.

Esto nos debe hacer reflexionar sobre la derecha populista. Esta, de por sí, ya se nos presenta con el estigma de ser “demagógica” y “mentirosa” por los grandes medios de comunicación y la élite académica. Lo que no puedes hacer es lo que, en gran medida, ha hecho Trump: hablar mucho, acaloradamente, pero, en verdad, no hacer prácticamente ni la mitad de lo que prometes o, directamente, lo que haces, hacerlo solo de manera incompleta. Sí, muchas de sus medidas chocaban con el Congreso o con el Tribunal Supremo pero, la gran mayoría, no. Y solo la desgana explica esto porque, aunque puedas fracasar, al menos podrías intentarlo. Pelear hasta el final. Pero no solo con palabras motivadoras sino llevándolo a la práctica. Trump ha cumplido más promesas que la media de presidentes, sí, pero cuando prometes tantas cosas revolucionarias tienes, al menos, que intentar cumplir con las expectativas. Si la derecha populista pierde credibilidad no porque no tenga razón sino por comodidad de poder, acabará por disolverse como un azucarillo en un café. Podemos estar discutiendo todo lo que queramos sobre las irregularidades electorales en EEUU pero Trump perdió. Y fue por algo. La trayectoria histórica de dicho país nos demuestra que si con Trump hubiera habido un “Paraíso en la Tierra”, habría ganado sin problemas.

Bien, ya hemos comparado los casos de los dos últimos presidentes con respecto a las acciones sobre la Guerra de Afganistán pero, ¿quiere decir esto que a mí me parece acertado lo que Biden va a hacer? Sí, creo que sí. Más allá de aislacionismos inoperantes e imposibles, Afganistán es ya un país controlado económicamente por China que no ha hecho más que costar vidas de compatriotas y cantidades mastodónticas de dinero a EEUU. Como sabía Teddy Roosevelt, para que su país fuera una gran potencia debía estar en paz consigo mismo y sus gobernantes garantizar una vida digna y justa para todos los estadounidenses. El pueblo norteamericano quería salir de este conflicto y todo apunta a que Joe Biden liderará la salida. Pero, la solución de EEUU no está en el wilsonianismo que él defiende. Tampoco en un aislacionismo que es onírico, inoperante y bastante hipócrita. Ni lo está tampoco en un neoconservadurismo mesiánico que, como poco, peca de arrogancia. El problema primordial para la hegemonía estadounidense se llama China y la única manera de pararla es adaptándose a un mundo multipolar, enfocando gran parte de los esfuerzos en un conflicto mayoritariamente económico y utilizando tanto el nacionalismo como el unilateralismo –mostrar fuerza- propio del neoconservadurismo. Lo que deben hacer los gurús de la política exterior estadounidense no es más que recuperar el realismo ofensivo del Bull Moose de la mano de la restauración del orgullo nacional. Nada apunta a que Biden hará esto.


D. Marcelino

Comentarios

Entradas populares