Manifiesto por una nueva posmodernidad

Hablar de posmodernidad en estos tiempos le expone a uno a sonar como un disco rayado. Hay pocas cuestiones más tratadas en el debate filosófico contemporáneo. El propio significado del término no ha estado exento de controversia. En general se podría decir que la posmodernidad es el desencanto hacia las grandes ideas de la modernidad. De la misma forma que la ciencia moderna supuso un cierto "desencantamiento" del mundo y una erosión de las creencias religiosas, la posmodernidad implica el desencantamiento de nuestro mundo, una pérdida de confianza en los principios sobre los que la civilización moderna reposaba y que se daban por supuestos: la libertad, el progreso, la democracia, la tecnología, el crecimiento económico, etc. 

La disputa sobre el valor del pensamiento de los autores comúnmente considerados posmodernos es agria y profunda. Para el grueso de la intelectualidad conservadora, la posmodernidad es el veneno que destruye lo poco que quedaba del cristianismo en Occidente. Para la izquierda clásica, la posmodernidad es denunciable por lo que supone de renuncia a la utopía socialista revolucionaria. Los liberales ven en la posmodernidad una nueva encarnación de sus enemigos izquierdistas y una amenaza para su deseado mundo capitalista global. El término "marxismo cultural", de indudable cariz conspiranoico y utilizado por derechistas de distinto pelaje, se ha extendido en los últimos años como nuevo Gran Satán al que culpar de todo. ¿Y los posmodernos, qué piensan de sí mismos? Ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos (lógico, son posmodernos).



Personalmente, no coincido con ninguna de las posiciones en liza. A contracorriente de una vasta literatura, no creo que quepa culpar a la posmodernidad de la mayoría de nuestras dificultades actuales. Comparto la tesis enunciada por autores como Bauman de que lo que vivimos hoy no es, en puridad, un mundo posmoderno, sino un mundo envuelto en una nueva forma radical de modernidad, que se ha venido a denominar líquida. Quienes critican la posmodernidad desde una postura moderna neoilustrada o marxista ortodoxa no hacen, en el fondo, más que mostrar los defectos de un pensamiento demasiado apegado a una particular encarnación histórica de la modernidad que ya ha sido superada por su propia evolución. Los que desde esta óptica denuncian, por ejemplo, los problemas del capitalismo financiero contemporáneo y señalan la alienación a la que este somete a las personas, no aciertan a ver que dicho capitalismo no puede separarse del todo de las premisas fundacionales de la modernidad. A pesar del humanismo y de las llamadas a la elevación moral del hombre, siempre existió en las ideologías modernas un elemento de búsqueda del dominio de la naturaleza, de énfasis en la cantidad por encima de la calidad, del progreso por el progreso con independencia de su contenido. Esto ha conducido a un proceso de creciente subordinación de la persona a los diversos subsistemas sociales creados por ella pero que poco a poco se han ido emancipando de su control: el subsistema económico, el tecnológico, el político, etc. Los posmodernos tienen razón al oponerse a esto.

No aciertan tampoco los conservadores cuando se declaran enemigos de la posmodernidad al tiempo que siguen adhiriéndose a presupuestos modernos que ya no son sostenibles. La alianza entre el conservadurismo y el liberalismo es el ejemplo más palmario de esto, pero podrían destacarse muchos más: la idolatría del crecimiento económico, el elitismo trasnochado ligado a entornos socioculturales ya desaparecidos, la oposición pertinaz a toda forma de democracia directa o al menos más participativa que la actualmente predominante... En todos estos casos podemos discernir el rasgo esencial de los conservadores que pone severamente en entredicho su capacidad para representar una alternativa al consenso imperante: no saber leer los tiempos. El conservador medio, en el fondo, es el señorito satisfecho de Ortega. Es alguien que siempre tiene algo que perder, pero nunca algo por lo que luchar. Estos vicios se acentúan al extremo en los que se llaman a sí mismos reaccionarios, cuya máxima aspiración consiste en ganar la guerra que se perdió hace siglos y con la cual ninguno de nosotros tiene la mínima conexión.

No puede haber ninguna duda de que es necesario superar el pensamiento moderno, pero esto no puede hacerlo quien se declara abiertamente antimoderno, puesto que, como bien decía Robert Spaemann, las posiciones dialécticas que se vuelven totalizantes siempre acaban transmutándose en su contrario. Nos encontramos así en la misma situación que describía Ortega en 1930 a propósito de la superación del liberalismo decimonónico. Por lo tanto, si no podemos ser ni modernos ni antimodernos, ¿qué debemos ser? Posmodernos, está claro. Pero no es tan sencillo. ¿Realmente la posmodernidad es la respuesta que necesitamos? Hay motivos de peso para pensar que no. La posmodernidad ha sido hábil destruyendo, pero pésima a la hora de proporcionar alternativas. Su rol es muy parecido al que jugó el bueno de Nietzsche a finales del siglo XIX. Enfrentado por igual a reaccionarios y revolucionarios, a la izquierda y a la derecha de su tiempo, terminó siendo la inspiración de movimientos aún más destructivos que los que pretendía combatir. Sin embargo, lo cortés no quita lo valiente. La intención de Nietzsche era noble, pese a todo. La de los autores posmodernos también. 

Urge, en consecuencia, defender un paradigma posmoderno alternativo, refractario tanto a la idealización desenfocada de lo moderno, como a la nostalgia por un pasado mítico, como a los extravíos de la propia posmodernidad. ¿Cuáles serían los principios fundamentales de esta nueva posmodernidad, o neoposmodernidad, si se quiere? Modestamente, me atrevo a señalar los siguientes:

1. La razón debe reducir sus pretensiones totalizadoras y asumir un papel más humilde, revalorizando lo concreto, real y particular, frente a lo abstracto, ideal y universal. Es preciso asimismo reivindicar la racionalidad de los fines por encima de una racionalidad meramente instrumental. El racionalismo clásico de Sócrates, que nos impelía a buscar lo bueno y lo justo, debe reemplazar al racionalismo calculador propio del imperio de la técnica.

2. La persona y su dignidad deben situarse en el centro del discurso. Pero nótese el matiz: la persona, no el individuo. Nada ha sido más alienante en la práctica que la aspiración a una emancipación teórica de ese quimérico individuo racional genérico. La persona es un ser relacional y solo se puede realizar plenamente en lo concreto, en lo contingente.

3. Frente a las ansias uniformadoras de las ideologías del siglo pasado, es necesario reconocer el derecho de los demás a existir, con sus peculiaridades e idiosincrasias. Un modelo de pueblos hermanados sobre la base de la cooperación y el entendimiento de los intereses mutuos es más deseable y factible que la distopía de un gobierno mundial controlador. 

4. La participación cívica en el poder tiene que revitalizarse. Los hombres deben dejar de ser consumidores para convertirse en ciudadanos. La virtud pública y el amor a los asuntos de la polis, deben reemplazar al moralismo privado y a las identidades meramente ideológicas. Las élites deben conectar de nuevo con las inquietudes del pueblo.

5. Hay que tratar de insuflar nuevas fuerzas a la noción de lo sagrado. No se trata de pretender, como se lamentaba Heidegger, que solo un Dios puede salvarnos. Esto nos haría recaer en la vieja teología política. Pero es indudable que lo religioso constituye una parcela fundamental de la vida de las personas, que las enriquece y que orienta sus esfuerzos hacia un fin superior a ellas mismas. Ese espíritu de trascendencia y de compromiso es muy deseable de recuperar. 

Estas ideas, que en modo alguno son nuevas ni de mi propia cosecha, sino que más bien se pueden rastrear en diversas tradiciones del pensamiento occidental (señaladamente, por destacar su manifestación reciente más reconocida, en los autores llamados comunitaristas), son las que, a mi juicio, pueden inspirar un proyecto de renovación de nuestras sociedades que atienda, no a la "emancipación" abstracta, ni a una vuelta atrás, sino a un redescubrimiento de los límites, a una querencia por lo humilde y sobrio frente a lo altanero y lo grandilocuente. Nada más oportuno en el momento histórico que atravesamos que recordar estas palabras del Tao Te Ching:

"Al pensar, mantente en lo simple"


Bernardo del Nero

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