Nuestros pioneros

 

No sé si ustedes son aficionados al cine de género Western y todo lo que tiene que ver con la conquista del Far West, la Frontera, los vaqueros, los indios, la gente común que se la juega de verdad en busca de una vida mejor, expulsados tanto por la economía industrial como por las grandes plantaciones esclavistas. Yo sí. Seguramente, a menos que ya empiecen a lucir canas, ustedes no. Este género de la “gran pantalla” ha sido echado al vertedero artístico según lo que él reflejaba –la épica, la tragedia, el heroísmo, la grandeza humana, su vileza, etc.- era incómodo para esta modernidad técnica que te anestesia con vulgaridad instintiva. Podrían aplicarse las tesis de Rusty Reno sobre los “dioses débiles” al mundo del cine sin impedimento alguno. Pese a todo, aunque sea para que el soberbio adolescente se ría de un abuelo al que ya no acude en busca de sabiduría, las películas “de vaqueros” siguen teniendo algún papel en el imaginario colectivo de nuestros países occidentales.

Sin embargo, todo ese escenario de épica, mundo fronterizo y riesgo de pionero, no es algo que inventaran los estadounidenses. Ni muchos menos. Se pueden poner de ejemplo multitud de casos análogos aunque en distintos espacios geográfico- temporales. Hoy, quiero hablar de uno muy nuestro y muy desconocido. El de la repoblación realizada por parte de los cristianos de las tierras abandonadas o arrebatadas por el Islam. Ya, ya lo sé, son ocho siglos y casos muy diferentes. Todo muy complejo. Ni quiero, ni puedo siquiera pretender hacer una síntesis divulgativa de algo como la “Repoblación”. Vamos, la vertiente social y demográfica de la Reconquista. Sí, ese término tan discutido por los colegas historiadores, empeñados en odiar lo propio y perder el tiempo en poner un pero a cada concepto ¿Qué “Reconquista” no se utilizaba en los siglos medievales? Pues no. Igual que tampoco los medievales se llamaban a sí mismos “medievales”. Detrás de todo esto solo hay autoflagelación, oikofobia y afán por renunciar a la Historia de España en virtud de distintos prejuicios ideológicos.

Vayamos a finales del siglo VIII. En torno a las dos últimas décadas del siglo. El Islam lleva ya unas décadas controlando la vieja Spania de los godos. Ese esplendoroso reino que a muchos nos hace coquetear con algo tan contraproducente como es la ucronía. Pero, los mahometanos no controlan toda la Piel de Toro. Gran parte de la Submeseta Norte está vacía o sumida en la anarquía. Ese fue el regalo que las élites árabes dieron a unos bereberes que utilizaron como vanguardia de sus huestes. En las tierras que van desde Vascongadas hasta Galicia, ocupando todo el cúmulo de sistemas montañosos, se encuentra el Reino de Asturias. Conscientes herederos del reino toledano, son una mezcla de astures, cántabros, suevos, vascones,  hispanorromanos y godos que se refugiaron allí durante la invasión. Un reino de paisajes que harían las delicias de cualquiera que disfrute contemplando la naturaleza pero que, empieza a albergar demasiada gente para un territorio cuya agricultura y ganadería no da demasiados rendimientos. Mucha gente empieza a jugársela. A saltar a la gran llanura que hay al otro lado del sistema cantábrico. Al margen de los poderes civiles, en busca de una vida mejor como hombres libres. Más tarde, llegará el Estado para poner orden y organizar más eficazmente pero a estos primeros “colonos” o “pioneros” no les ampara ni protege nadie.

Merced a las fuentes, conocemos varios casos documentados. El primero, fue hacia el 796 Conocemos sus nombres: Muniadona y Lebato. Y los de sus hijos: Vítulo y Ervigio. Nombres que hoy nos parecen horribles y que harían las delicias de los payasos de la clase de tener compañeros llamados así. Pero, gracias a conocer estos nombres sabemos que por ellos corría sangre de gente aguerrida y con iniciativa. De celtas, cántabros, vascones, hispanorromanos y godos. Seguramente, procedían del cántabro Valle de Carranza y saltaron las montañas, al norte de la actual provincia de Burgos, al Valle del Mena. Con ellos va también gente de servicio que trabaja para ellos. No eran gente paupérrima pero tampoco de la élite nobiliaria. Si no, no tiene mucho sentido que se la jueguen de tal manera en busca de nuevas tierras, más ricas, para trabajar y careciendo de cualquier tipo de protección. Ni del Rey ni de ningún señor. Además, lo hacen cerca de la antigua calzada romana que iba de Amaya a Flavióbriga. Es decir, una tierra proclive a incursiones de saqueadores andalusíes. Eran gente echa de otra pasta. Les quemaban todo lo que habían construido de nueva planta pero seguían adelante y lo volvían a construir.

En verdad, se estaba creando un nuevo tipo de sociedad, de pioneros, cuyo sustrato era una forma de libertad personal que representaba un auténtico rara avis para la época. Esto se aprecia claramente en cómo se construían estas nuevas comunidades humanas en el Este de aquello que el eminente Claudio Sánchez Albornoz llamó el “Desierto del Duero”. Las nuevas familias llegaban al lugar y señalizaban las tierras bajo son control con distintos hitos. Es la presura que les permitía explotar esas tierras sin problema alguno. Pero, para evitar la acumulación de tierras en muy pocas manos según iban llegando más colonos, se formalizó la institución del escalio que consiste en que no se te reconoce la propiedad de la presura de manera segura hasta que no la descuajes y la trabajes. Con el paso de cierto tiempo, la tierra que señalizaste originalmente pero que no trabajas deja de ser propiedad tuya y está a disposición o de otros colonos o del comunal, pero la que sí trabajas es realmente tuya y hace de ti un hombre libre. Se estaba gestando una sociedad de pequeños propietarios que haría las delicias de nuestro querido G.K. Chesterton. Mecanismos comunitarios para dignificar a la persona y hacer de la propiedad un vehículo para ello.

Se estaba creando un mundo de pequeños señores y pequeños propietarios, en una frontera paulatinamente más al Sur y que será conocida como “Castilla”. Es decir, una tierra repleta de fortificaciones y castillos. Normal, sabiendo qué era ese mundo. Esto es toda una revolución social en la Cristiandad altomedieval. En Aragón o en los Condados Catalanes sí hubo repoblación. También en Asturias- León, como es natural. Pero en estos casos fue, en su inmensa mayoría, dirigida por señores. En el caso cántabro-vascón hacia Castilla, fue obra de hombres libres que tomaron posesión de una tierra. Al poco tiempo, para controlar la situación de manera eficaz y en consonancia con sus planes, los reyes de Asturias-León darán el poder de Castilla a distintos nobles. Aún así, la condición de hombre libre se respetó de una manera que no tenía parangón ni en el resto de reinos hispánicos ni allende los Pirineos ¿Por qué? Por la institución de la behetría. De origen romano y fortalecida por la adición visigótica del derecho germano, permitía a los campesinos elegir al señor que querían. Sí, sí, elegirlo. Claro, evidentemente no fue todo tan perfecto como puede sonar pero esto era verdadera libertad en el mundo altomedieval europeo. Esta institución existió también en la ulterior repoblación del Ebro pero fue algo realmente minoritario. Donde más se generalizó fue en la tierra dura de Castilla, muy amparada por un derecho consuetudinario con bastantes elementos germánicos.

En un lapso de tiempo admirable, la que hasta hace poco se llamó Castilla la Vieja se llenó de colonos o repobladores de las actuales Cantabria y Provincias Vascongadas. Caravanas, como la de las películas del Oeste, de campesinos libres, armados –algunos incluso caballeros-, con sus familias, a veces con su pequeño ganado, etc. Dispuestos a tomar posesiones de estas tierras semiabandonadas y de defenderlas de las incursiones de los musulmanes. De hacer que esas tierras vuelvan a dar fruto, de construir casas, villas, molinos, fortificaciones, iglesias. Con ellos iban monjes y sacerdotes dispuestos a recristianizar ese pequeño lugar del mundo y construir monasterios donde rezar a Dios y recopilar saber. Porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría.

Esto era la Castilla de los siglos IX y X. Una tierra áspera, fría  y dura, sí. Pero también una tierra que veía emerger sobre ella una sociedad de pequeños propietarios campesinos que trabajan su pedacito de tierra sin hacer mucho ruido y con la espada cerca por si había que defenderla. Campesinos agrupados en torno a aldeas o monasterios cuyo centro era la iglesia del lugar. Campesinos que estaban formando una comunidad de hombres libres dispuestos a participar de la verdadera libertad política. La que se vive en la polis creando una forma pura, tierna y autodentificativa de algo parecido a una “democracia”. Salvando, por supuesto, distancias, anacronismos y excesos míos. Vale la pena recordar esta fase de nuestra particular “Conquista del Oeste” –en verdad, del Sur- y recordar la sociedad tan peculiar que salió de ella. Ojalá todos los españoles –y en especial los que somos castellanos, aunque de esa que llaman “la Nueva”- podamos aprender de ellos para plantear alternativas a nuestro agobiante presente.


D. Marcelino

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