Samuel Huntington y el nacionalismo estadounidense

Siempre se ha dicho que el odio al traidor es muchísimo mayor que el odio al contrario. En gran medida es así. Especialmente si se parte de un mundo dominado por las religiones políticas y su carga gnóstica. El contrario nos parece estúpido, incapaz de abrazar nuestras infalibles ideas, pero el traidor es lo peor que existe, pues él sí ha accedido al verdadero conocimiento y ha decidido desecharlo. Esta es esencialmente la visión que poseyeron las élites liberales norteamericanas de Samuel P. Huntington. De un demócrata afiliado, asesor de Jimmy Carter y asiduo del llamado “Foro de Davos”, al gran replicante de la escatología progresista de Fukuyama, creador del binomio “Hombre de Davos” para definir a las élites de nuestro mundo y, por último, un gran defensor del nacionalismo estadounidense antes de morir. La Wikipedia en inglés –por lo general, más seria que la española- te deja claro al entrar en el artículo sobre Huntington que fue asesor de defensores moderados del Apartheid sudafricano. Tenga usted cuidado, caballero, no vaya a ser que se vaya a intoxicar si sigue leyendo.

El reconocimiento de Huntington viene, como es natural, de su obra contestataria a la de Francis Fukuyama: “El choque de civilizaciones”. Sin embargo, en el presente artículo no vamos a hablar de ella. Ya habrá tiempo, quizás, algún día. Por el contrario, nos centraremos en uno de sus últimos libros. Seguramente, el más polémico de todos y en el que hace un alegato a favor del nacionalismo estadounidense y en contra tanto de una globalización descontrolada como del supranacionalismo o internacionalismo liberal. Para que se pongan en contexto, Huntington, fallecido en 2008, publicó este libro en 2004. Sí, en el mejor momento de la administración Bush y del wilsonianismo internacionalista. No lo escribe en 2016 o en 2020 sino en 2004. Por ello, se quedó solo y fueron utilizados contra él todos aquellos adjetivos que la “Sociedad Abierta” utiliza para denigrarte. 

El famoso profesor empieza su obra echando por tierra uno de los mayores mitos de la historiografía progresista estadounidense: “Estados Unidos es una nación fundada por inmigrantes”. Huntington enmienda la plana y afirma dos cosas respecto a esto. La primera, que los primeros colonos no se encontraron con sociedades sofisticadas a las que debían asimilarse sino con pueblos nómadas o seminómadas con los que rápidamente hubo enfrentamientos encarnizados por el dominio de la tierra. Esos colonos querían crear un Nuevo Mundo ya fuera a través de ideales religiosos o huyendo de la miseria que padecían en Europa. Además, durante la Guerra de Independencia, gran parte del bando “Patriota” estuvo formado por colonos oriundos del lugar cuya ascendencia podía llegar, en no pocos casos, a la tercera o la cuarta generación. La mayoría de grupos inmigrantes de primera generación, salvo los escoceses-irlandeses, intentaron mantenerse todo lo que pudieron al margen de la guerra o, directamente, apoyaron a la Corona. Por lo tanto, uno de los grandes mitos de la historiografía liberal estadounidense no es más que eso, un mito.

Continúa buscando qué es aquello que forma lo que se conoce como “Credo Americano”. Huntington echa por tierra la noción de muchos de los Padres Fundadores de que se trata de algo que se encuentra en el corazón de cualquier hombre y, por azares del destino, emergió en Norteamérica. Para él, este “Credo” no es más que la propia identidad nacional estadounidense y está conformado por una cultura de libertad política y libertad de conciencia religiosa, pudiéndose encontrar el origen de ambos en la Historia. La cultura de libertad política tiene su origen en la translatio de las instituciones de la Inglaterra Tudor –sobre todo, a nivel local, pero no solo- por parte de los colonos ingleses tanto de Nueva Inglaterra como del Sur. La libertad de conciencia religiosa tiene su razón de ser en que estas colonias fueron el refugio para aquellos protestantes no conformistas –y católicos en Maryland- que marcharon a América por ser perseguidos en Inglaterra por el anglicanismo establecido. Es decir, que Estados Unidos no habría sido lo que es no solo de haber sido colonizado por franceses o españoles sino, también de haber sido una colonia al estilo de Canadá o Australia o de no haberse independizado. El “Credo Americano” es fruto de un contexto muy concreto, por lo que Estados Unidos no debe ser la espada que vaya imponiéndolo a través de la fuerza por todo el orbe con el afán de “redimirlo”. Lo que más o menos tiene cierta funcionalidad en Estados Unidos no tiene por qué funcionar en Irak. En verdad, aunque él no lo sepa, es un “excepcionalista jacksoniano”.

Tras esto, el autor empieza a buscar los factores de la decadencia del nacionalismo estadounidense como algo predominante en su país. Los encuentra en la década de los 60 hasta llegar al siglo XXI. Son estos, según él:

-El comienzo de la globalización desenfrenada a nivel económico y la aparición tanto de identidades supranacionales como subnacionales de corte tribalista.

-El fin de la Guerra Fría en 1989- 1991 y la desaparición de un enemigo común que uniera a prácticamente todos los estadounidenses.

-Exaltación por parte de multitud de políticos –especialmente del Partido Demócrata aunque él no lo mencione explícitamente- de las diferencias tribalistas y raciales para sacar rédito electoral.

-La obsesión –mezclada con cierto sentimiento de culpa- de personas bien posicionadas con incrementar la posición social de las personas de su misma etnia en Estados Unidos.

-La multiplicación de legislación sobre la base de la creación de “nuevos derechos” por parte tanto del Congreso como del Tribunal Supremo dejando de lado al visión republicana de los Padres Fundadores.

-El papel esencial de las élites intelectuales y académicas en crear sentimientos de culpa y reparación por parte de las personas de raza blanca hacia minorías “oprimidas”.

-Aperturismo en materia migratoria tras la administración Johnson que dejó de lado los criterios que favorecían la entrada de inmigrantes provenientes de países culturalmente afines.

Partiendo de este último punto, lo que más le preocupa a Huntington son los problemas que trae consigo la inmigración masiva desde México a partir de los 60. Según el politólogo, la inmigración desde México supone un problema totalmente nuevo para Estados Unidos y su identidad nacional. Da varias razones que son de sentido común y no pueden ser, a nuestro padecer, rebatidas por cualquier deseo de muchos españoles de “restaurar” el Imperio Español. Ni, tampoco son fruto de un WASP “miedoso” ante el envite hispánico. Más bien, son preocupaciones naturales de alguien que quiere preservar su identidad nacional.

Para empezar, México es un país con problemas propios del Tercer Mundo y, aunque Estados Unidos no es ajeno a este tipo de desórdenes, si traes a tu país a un gran número de población de otro, se producirán en el tuyo tanto las virtudes como los defectos de este otro país. Así pasó antes con la inmigración irlandesa e italiana. Y, México, le pese a quien le pese, es un país que padece grandes problemas internos por culpa del crimen organizado en torno al narcotráfico. Estados Unidos no es ajeno a eso. Más bien, es el gran mercado de este tipo de organizaciones que se aprovechan de la debilidad fronteriza.

La segunda razón que da es que, por primera vez en la historia, un grupo migratorio importante en Estados Unidos tiene reclamaciones territoriales sobre el territorio estadounidense y se asienta, en su mayoría, en esos territorios reclamados. Hablamos, evidentemente, de Texas y lo que se conoce como el Suroeste de Estados Unidos. Un territorio, muy despoblado y apenas desarrollado cuando EEUU se lo anexionó en 1848 pero que supone una “espina clavada” en el orgullos del irredentismo mexicano. Existen grupos como “La Raza”, que tiene fuerza en el ideario colectivo de los mexicano-estadounidenses y que, aparte de defender el irredentismo territorial, favorece una visión de la “raza cósmica” mestiza propia de principios del siglo pasado. Además, a través de distintas encuestas, Huntington demuestra que la mayoría de mexicano-estadounidenses se definen como “mexicanos” y le preocupa –es algo natural en un estadounidense- como está cambiando la geografía social de estados como California, Arizona, Nuevo México o Texas pareciendo más unos estados de los Estados Unidos de México que de los Estados Unidos de América. Unos pocos antes, el reputado diplomático George F. Kennan desveló una preocupación parecida siendo, rápidamente, calificado de “racista” y Know Nothing por las élites académicas.

La tercera y última razón que da Huntington es el idioma español como forma de identidad subnacional por parte de los “hispanos” o “latinos”. El autor no tiene nada en contra del español ni es un anglosajón pérfido al servicio de Isabel I y de los intereses anglosajones obsesionados por acabar con la Hispanidad. Más bien, se da cuenta de que, al tener el español un papel fundamental en la educación de los norteamericanos, los mexicanos utilizan el idioma como forma de distinción -junto a elementos indigenistas, claro- en este nuevo marco de multiculturalismo y políticas de identidad. La mayoría acaban aprendiendo inglés. Muchos, se asimilan a la cultura local de manera completa. Pero, un porcentaje nada desdeñable –más, si viven en comunidades propias de mexicanos- no se asimilan a la cultura estadounidense, mantienen relaciones constantes con su país natal y promueven políticas de amnistía de inmigrantes ilegales como forma de solidaridad étnica, de grupo. Ni alemanes, ni italianos, ni polacos, ni chinos tuvieron la ventaja de que su idioma tuviera un papel tan importante en el sistema educativo estadounidense. Aunque no faltaron los guetos, tuvieron que asimilarse aún sin renunciar a las partes conciliables de su cultura de origen. Con la inmigración mexicana no pasa esto por motivos geográficos, históricos e ideológicos.

Nuestro autor, está convencido de que esto partirá Estados Unidos en dos. Por no decir que, por las políticas de identidad, la bifurcación irá más allá produciendo luchas étnicas en Estados Unidos sobre la base de criterios raciales promovidos por las élites académicas a través del establishment político-económico. La solución radicaría en hacer mucho más segura la frontera, llevar a cabo políticas de asimilación forzosa como la declaración del inglés como lengua oficial –en Estados Unidos no existe tal cosa- y promover en la educación y en los medios oficiales la identidad estadounidense partiendo del origen mentado en párrafos anteriores. Es decir, que Estados Unidos se redescubra a sí mismo y deje de identificar su ser únicamente con la promoción cultural e ideológica del liberalismo. Que sea más humilde en sus pretensiones globales para no ser destruido desde dentro por la falta de cohesión social.

En Huntington se echa de menos también el análisis de las repercusiones económicas de la inmigración masiva en Estados Unidos, aunque en su crítica a las élites se deja entrever. Es probable que este artículo haya molestado a muchos que desde España quieren que Estados Unidos estalle por los aires porque, así, supuestamente, podrá volver la Hispanidad a la cumbre. Por espacio, al margen dejo el por qué gran parte de la inmigración hispana en Estados Unidos no está por estos lares. Aún así, lo que Huntington analiza y propone resulta un comportamiento natural de autodefensa de tu “polis” ante el peligro de la desaparición y la autodestrucción. Problema aparte son los que piensan que otro país debe estar al servicio de tu “intereses”. ¿Buscáis que México recupere los territorios perdidos en 1848? Bien, utilizad todos los medios diplomáticos a vuestro alcance y, de no ser posible esta vía, id a la guerra. La geopolítica no funciona a través del victimismo y la nostalgia de las glorias pasadas.

Este libro de Huntington es muy útil más allá del contexto estadounidense. Los países europeos también estamos padeciendo los problemas del multiculturalismo, las élites desvinculadas de la lealtad nacional y la ausencia de enraizamiento en aras de una ideología que se impone, por lo general, sutilmente. Occidente debe redescubrirse a sí mismo y renunciar a redimir el mundo por las armas. Cada nación posee una identidad propia y única que debe ser rescatada si de verdad la valoramos tanto a nivel local, nacional como civilizacional. La solución no está, como dice Niall Ferguson, en recuperar el imperialismo decimonónico y difundir unos modos occidentales en plena crisis. Ni esto es deseable ni sería posible sin tener conciencia de nuestro ser.




                                                                                 D. Marcelino

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