En el quinto centenario de los comuneros

 


“El Bien Común es mejor e vale más que el privado”

Santa Junta, Febrero de 1521

Pocos eventos acaecidos en tierras hispánicas han sido más corrompidos y tomados como elemento propagandístico de las ideologías hijas de la modernidad que la rebelión de los comuneros. Nuestro liberalismo intentó ver en ellos algo así como un “whiggismo” a la española y un precedente fracasado de sus aspiraciones políticas ideológicas. Aunque en materia institucional se asemeja más al francés de la fase mal llamada “moderada” de la Revolución Francesa, el liberalismo español importó del británico su afán por encontrar en pretéritas centurias justificación ideológica. Por lo tanto, personajes como Juan Padilla se convirtieron en referencias de la tradición liberal progresista española. Todo este envilecimiento de la causa de las comunidades por parte de las ideologías ha alcanzado su punto más grotesco en el castellanismo filocomunista –en verdad, muy minoritario- que ha transitado del anticolonialismo tercermundista a la exaltación de una nacionalidad propia para beneficiarse del funcionamiento del reparto de poder en la España de las autonomías. Por esto, los rebeldes comuneros serían algo así como la última de resistencia de un ejército de liberación nacional ante una malvada España oscurantista que se conformaba como monarquía nacional e impedía el logro del comunismo, la inclusividad y demás sueños de adolescente iluso hijo de Rousseau.

Falta decir que, a menos que sea por falsedad consciente o  por ignorancia, nadie analiza a día de hoy la Guerra de las Comunidades bajo estos presupuestos. Tanto la historiografía liberal como la marxista –esta, todo sea dicho, en menor medida- han sido superada entre los estudiosos más serios, sabedores del anacronismo que supone analizar una rebelión acaecida en el primer tercio del siglo XVI como una revolución liberal o una bolchevique. O incluso nacionalista en un sentido romántico. Eso no quita que siga abierta –y de forma especialmente candente- el debate sobre si los comuneros protagonizaron un intento de revolución moderna o, por el contrario, fueron el último grito de un mundo medieval que sentía en sus carnes el tacto de la tierra del cementerio. Mentes tan preclaras como la de Maravall o la de Joseph Pérez defienden la tesis de la revolución moderna. No seré yo quien enmiende la mayor pero, probablemente, estemos ante una síntesis de fenómenos de continuidad tradicional con otros más propios de los nuevos tiempos en torno a revitalización, a través de la reforma, del pactismo castellano. En este artículo no pretendo realizar una síntesis y enumeración de hechos. Para ello existen monografías y artículos muy interesantes y serios. Tampoco pretendo aportar nada nuevo pues solo soy un estudiante de Historia cuyo campo de especialización futura está lejos de este tema. Únicamente, aprovechando la conmemoración de los quinientos años de Villalar, deseo lanzar algunas reflexiones sobre aspectos que me parecen interesantes del movimiento comunero.

La Revuelta de las Comunidades posee un hondo elemento identitario. Es innegable negar a esto al igual que resultaría anacrónico hablar de identidad en el siglo XVI bajo los mismo parámetros que en el 2021. Algún que otro historiador ha hecho lo posible por negar el componente “xenófobo” en la rebelión. Son solo obsesiones actuales de historiadores más dados a filosofar que otra cosa. Entre las causas de esta guerra civil en la Corona de Castilla está el rechazo a lo que muchos castellanos consideraban una imposición extranjera. En primer lugar, porque el nuevo y joven rey –educado innegablemente bajo los parámetros borgoñones- repartió títulos, prebendas y rentas entre los pertenecientes a su círculo más cercano. Entre ellos, claro está, hubo castellanos que vivían con él en Bruselas y Malinas pero también había muchos borgoñones y flamencos. ¿Acaso no crea resquemor natural el ver cómo lo más importante y valioso de tu tierra está siendo entregado a extranjeros o a compatriotas que se han amoldado a los modos extranjeros? En segundo lugar, los modos, las formas y las costumbres. El castellano de la época – haciendo hincapié especialmente en la submeseta norte, gran foco de rebelión junto al noroeste del Reino de Toledo- era una persona austera, habitante de una gran estepa dura y severa. Poco dado a la pompa despampanante propia de la corte borgoñona y de los excesos en gastos y costumbres que ella suponía. Para los comuneros castellanos, lo borgoñón era sinónimo de costumbres contrarias a las patrias y de corrupción descarada. Por ello, no ha de extrañarnos que la Santa Junta pidiera que los cargos de la Corona de Castilla –incluido el de regente en ausencia del rey- fueran ocupados, exclusivamente, por castellanos y, además, en muchos casos, por tiempo limitado y con consiguientes juicios de residencia. Dadas las circunstancias, es natural en cualquier comunidad humana la reacción airada de tantos castellanos ante las acciones del joven Carlos I.

Resulta imposible hablar del tema tocante sin entrar en la caracterización de esta rebelión como una revuelta fiscal. Sin duda, posee este carácter aunque circunscribirlo únicamente a esto sería pecar de simplista. Como decíamos antes, para muchos castellanos borgoñón era sinónimo de corrupción. Pensamiento totalmente comprensible dadas las características casi estoicas de aquellos hijos de la estepa. No quiero adentrarme, por temor a hacer el ridículo, en cómo funcionaba la fiscalidad castellana en aquellos años. Basta con saber que existía un tipo ideal al que se quería retornar por ser lo mismo que responsabilidad, buen gobierno y mayor justicia. Se trata de los tiempos de los Reyes Católicos, amantísimos y admirados monarcas para el imaginario colectivo de la Corona de Castilla. Cuando murió Fernando el Católico en 1516, los gastos de la Corona estaban saneados y con unas tasas impositivas ciertamente asequibles. Con la subida al trono de Carlos de Gante, las deudas se dispararon, las cuentas se hicieron deficitarias, se incrementó con creces el derroche cortesano y se produjo una gran subida fiscal, especialmente, a una mayoría no adinerada. Sumémosle a todo esto el reparto de cargos y prebendas entre borgoñones y castellanos afines por parte del rey y entenderemos porque los representantes de las ciudades rebeldes pusieron verdadero ahínco en eliminar gastos innecesarios frutos de las corruptelas y en que los impuestos se bajaran y revisaran.

Los comuneros no sentían como suyas las aspiraciones imperiales de Carlos. El tener que gastar ingentes cantidades de dinero, endeudarse y subir los impuestos para una empresa que consideraban ajena a los intereses de Castilla. Es la fricción natural entre una visión –si queremos llamarlo así- Trastámara de confluencia plena de los intereses particulares del rey y los de la Corona de Castilla y la visión más “familiarista” de los Habsburgo y su búsqueda del Dominium Mundi, a toda costa, a través de multitud de entidades políticas unidas bajo la persona del Emperador y la empresa del nuevo Carlomagno. Para muchos, esta empresa carolina ha sido percibida como algo anacrónico. Un reducto medieval. Nada más lejos de la realidad. ¿Acaso Gattinara o Erasmo de Rotterdam no eran humanistas en confluencia con su tiempo? Por supuesto que no. El proyecto vital de Carlos V supuso el primer proyecto de modernidad política que fracasó a la larga en Europa y que pudo tener una experiencia duradera en las Indias, aunque sin olvidar que el componente europeo en ellas fue netamente hispánico. Los comuneros, al igual que la Sublime Puerta, Francisco I de Francia, los Estados Pontificios en ciertos momentos o los Príncipes Alemanes fueron un obstáculo a este primer proyecto de modernidad política. Obstáculo salvado, sí, pero obstáculo de todos modos. Ahora, la cuestión radica en sí lo fueron para plantear una alternativa desde la modernidad como Francisco I o los príncipes alemanes o si se trató de un movimiento contra los efectos de dicha modernidad.

La Corona de Castilla era una de las repúblicas de la Cristiandad que más habían avanzado hacia la monarquía autoritaria. Muchas son las razones de esto y el espacio es limitado. Pero creo que resulta imposible negar que Fernando el Católico se encontraba más a gusto gobernando en Castilla que en Aragón sin significar esto que se desinteresara –todo lo contrario- de los intereses de su tierra natal. Ante esto, los comuneros plantearon un modelo de corte pactista que en la relación entre el Rex y el Regnum inclinara un poco la balanza hacia el segundo a través de una verdadera fiscalización y limitación de los gastos de la Corona, mayor poder a unas Cortes que serían convocadas ordinariamente de forma trienal -y con mayor número de ciudades representadas- o de un modelo recaudatorio de concierto o negociación entre la Corona y las ciudades en lugar de una recaudación directa por parte de la Corona. También, por ejemplo, pretendían evitar que el Rey pudiera “comprar” a los representantes en las Cortes en pro de sus intereses. Cada ciudad enviaría a un representante de cada estamento – clero, caballeros y el común- que debía seguir las instrucciones fijadas por el regimiento. Sin duda, claros elementos pactistas que se diferenciaban del modelo aragonés en que intentaban dar más poder a los representantes urbanos. No obstante, existió también un claro elemento de monarquismo o “¡Viva el Rey, Muera el Mal Gobierno!” con acciones como la eliminación de todo el patrimonio real y de las villas enajenado a favor de los nobles desde la muerte de Isabel la Católica. Prácticamente todas las rebeliones antinobiliarias de regiones como Tierra de Campos pedían que esos señoríos volvieran ser tierras de realengo porque así serían los vasallos menos perjudicados por excesos. Las revueltas antinobiliarias hicieron de los Grandes de Castilla aliados naturales de Carlos, por lo que estamos ante un movimiento en favor de un mayor pactismo venido desde las ciudades y no desde la nobleza. Eso no quita que hubiera muchos nobles en el bando comunero.

Tampoco podemos obviar el elemento económico, comercial y monetario como móvil de los rebeldes comuneros. Ciudades como Segovia o Toledo vieron como gran parte de sus artesanos y burgueses –término un tanto simplista y equívoco- se sumaron con entusiasmo a la rebelión ¿por qué? Porque querían proteger la manufactura local ante unos nuevos modos de circuitos comerciales dentro de todas las posesiones de Carlos I que incentivaban a la especialización. En el caso castellano, en su famosa lana que era exportada a los Países Bajos donde se transformaba en tejidos de alto valor añadido que se importaban a Castilla y hacían dumping con los tejidos castellanos. Quizás sería desmesurado y exagerado hablar de “nacionalismo económico” pero los comuneros tenían en su programa y entre sus apoyos a la manufactura preindustrial local y su fomento. Una suerte de deseo de diversificar la economía castellana con posibles acciones como la limitación de la lana que podía exportarse o la devaluación de la moneda castellana – de las más fuertes de la Cristiandad- para evitar la salida de metales preciosos de la Corona. Conociendo la composición económica de cada región de Castilla, podemos comprender mejor por qué en unas hubo más apoyo a la rebelión y en otras, no. Aunque no es, ni muchos menos, el único factor causal, ¿fue la Guerra de las Comunidades, después de todo, una lucha entre productores y comerciantes de ultramar?

¿Fue la rebelión comunera un levantamiento medieval o la primera revolución moderna? Es difícil saberlo a ciencia cierta pues se trata de una pregunta cargada de anacronismos y apriorismos. La gran participación en la misma de las ciudades y, en ellas, de grupos como artesanos, comerciantes y gente trabajadora de estrato más bajo está más en consonancia con lo que la historiografía marxista ha llamado “revolución burguesa” mas, esto implicaría pensar que las ciudades no tuvieron ninguna importancia en los siglos medievales –cosa que no es así- y querer adelantarse al surgimiento de un liberalismo que aún no existía. Además, los comuneros nunca quisieron subvertir el orden social establecido ni abolir la organización social estamental y orgánica. Nadie se planteó eso al igual que tampoco cosas como la libertad religiosa, de comercio o la soberanía popular en un sentido moderno. Nada tuvieron ni contra la unidad católica ni contra instituciones como la Inquisición. Más bien, apoyándose en las ciudades, quisieron reformar las instituciones ya existentes, depurar excesos e intentar que todos los grupos sociales se sometieran a las leyes en sus respectivos ámbitos. En muchas ciudades de Castilla la Vieja se quiso aumentar la participación en la vida política local –bajo la justificación de que las élites no habían buscado el bien común- pero en ciudades como Toledo donde la nobleza local se sumó a la rebelión nadie propuso ampliación alguna de la participación ciudadana. Y, en el ámbito rural, donde más se mostraron los rencores antinobiliarios y donde las turbas utilizaron una verborrea más vengativa y sangrienta las reclamaciones no pasaron jamás de que ciertas tierras concedidas en las décadas anteriores a la nobleza volvieran a ser o bien tierras comunales o bien tierras de realengo. Y en todas estas reclamaciones existía un trasfondo justificador de retorno a un tiempo pasado supuestamente ideal y que había sido trastornado por las recientes corruptelas. El significado antiguo de “revolución” del que hablaba Russell Kirk. ¿Fue, entonces, la Rebelión Comunera una revolución moderna? No me atrevo a desdecir a muchos grandes pensadores. Prefiero preguntarme, ¿de haber ganado los comuneros, pese a los argumentos de retorno a un supuesto orden antiguo, habría ganado verdaderamente poder una burguesía bien definida como ocurrió en las Provincias Unidas o en Gran Bretaña? Nunca lo sabremos y sirve de bien poco preguntárselo.

 

                                                                        El César Americano

Comentarios

Entradas populares