Pesos y contrapesos del Estado de Israel

 



Toda persona o grupo que quiere destruir al Estado de Israel utiliza siempre seis técnicas distintas, repetidas en los mismos términos a lo largo de la Historia:

1.     El intento de destrucción física del Estado (la más obvia y simple), impulsada por países hasta la Guerra de Yom Kippur, a partir de donde se dieron cuenta de que físicamente era muy difícil si no prácticamente imposible su consecución real, por lo que se empezaron a desarrollar otros mecanismos para tratar de debilitarlo, en primer lugar, a través del entrenamiento y entrega de armas a grupos terroristas (por ejemplo, como en el caso de Irán a la hora de dotar de armamento a organizaciones como Hamas o Hezbollah, porque no se atreve a enfrentarse directamente con el Estado de Israel); y en segundo lugar, evidenciando la superioridad militar israelí, países del mundo intentan competir desarrollando armas no convencionales como en Iraq, Siria e Irán.

2.     La cleptohistoria: basada en afirmar que nunca hubo un pueblo judío para así justificar su no pertenencia legítima al actual Estado de Israel e invenciones, como por ejemplo, que los palestinos son descendientes de los filisteos: cuestiones que no gozan de ningún respaldo veraz pero que se apoyan en el concepto habba (la lucha contra Israel a través de todos los medios posibles, no físicos). La cleptohistoria es un fenómeno que se puede ver muy claro a través de su ideólogo antisionista Saeb Erekat (el negociador palestino muerto en el país después de impulsar esta política) en donde, esta vez, atribuía el origen del pueblo palestino a la rama de los natufienses (cultura que existía en la tierra de Israel en el siglo XII antes de la era cristiana), encarnando precisamente esa pugna histórica hacia el pueblo judío. En la actualidad, su fuerza y éxito se debe a que las universidades occidentales han dejado de ser la meca de la sabiduría para ser lugares doctrinales en donde lo que importa es educar hacia el narrativismo (adoctrinamiento) y búsqueda de discursos en lugar de la verdad en sí misma.

3.     La utilización de los medios de comunicación en donde se muestra siempre al pueblo palestino como bloque humanitario y víctima mientras se saca partido de la incapacidad profesional de periodistas. Por ejemplo, Hamás y su Ministerio de Salud trasladan a los medios cuántas bajas civiles ha habido sin que estos realicen ningún ejercicio de verificación informativa. De la misma manera, dentro de la teología de grupos con un islamismo radical malentendido como Hamás, se reconoce la Taqiyya como la prerrogativa a través de la que el musulmán puede faltar a la verdad en aras de defender su religión (de ahí que el uso sistemático de la mentira se haya convertido en una forma discursiva peligrosamente interiorizada).

4.     La lucha dialéctica. A través de la cual emanan afirmaciones y comparaciones entre el Estado de Israel con el Tercer Reich o para con el apartheid de Sudáfrica. La forma en que se utilizan las palabras denota una búsqueda abierta de la demonización del Estado sionista en un entorno de relaciones internacionales donde se aspira a una presencia debilitada del mismo. De la misma manera en que la corriente del nazismo, previa comisión del Holocausto, convenció a parte de la humanidad del judío concebido como un mal ajeno a la especie humana y, consecuentemente, sometido al fenómeno de la deshumanización: lucha dialéctica efectiva para demonizar la imagen del país.

5.     Lo que autores sionistas denominan como el B10 o intento de boicot a cualquier persona, bien o servicio relacionado con el Estado de Israel, en cualquier ámbito.

6.     La lucha legal, es decir, la pugna normativa en foros internacionales: la Corte Penal Internacional y sus intentos de demandar a soldados israelíes, o el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobando resoluciones en esa misma línea. Sin embargo, el Derecho Internacional Público cuenta, como ejes vertebradores que funcionan como bisagra normativa, con relaciones contractuales entre países a expensas de una ratificación y posterior adopción en ordenamientos jurídicos internos y, en segundo lugar, con la costumbre internacional. El poder contrarrestar la pugna en donde se instrumentalizan las instituciones internacionales y su legislación no es a través de organismos referentes como Naciones Unidas, sino por el propio descrédito que emana de dicho sistema y únicamente reconocido por aquellos doctos en la norma o que experimenten formación jurídica.

            De las seis técnicas se puede afirmar que, en primer lugar, Israel es realmente buena defendiéndose físicamente; en segundo lugar, es medianamente buena en la lucha legal y, en tercer lugar y sin embargo, es bastante mala en la lucha con los medios de comunicación. En cuarto lugar y por último, no depende de ellos la cleptohistoria, sino de una corriente internacional que desarrolla un abuso de la verdad.

            Exclusivamente en lo que respecta a la lucha legal, los únicos que han cometido violaciones periódicas del Derecho Internacional y legislación bélica son los palestinos liderados por Hamás u autoridades análogas dependiendo del momento, sin distinción, en donde al menos, se reconocen de forma intermitente un total de cuatro:

            En primer lugar, cuando se afirma que un soldado debe vestir indumentaria militar como distintivo bajo el conocido Principio de Diferenciación: en el momento en que, en el contexto de un conflicto, cualquier individuo se viste de civil pero resulta ser un militar, se produce una violación de tal normativa internacional.

            En segundo lugar, la prohibición de disparar a civiles del otro lado con intencionalidad en un contexto de conflicto armado. Hamás lo hace, disparando un total de 4.300 cohetes en los pasados meses del año 2021.

            En tercer lugar, la prohibición de activar lanzaderas al lado de edificios ocupados por civiles. Y, en último caso, la utilización de población civil como escudos humanos.

            La situación, por tanto, que envuelve al Estado de Israel se desarrolla en un contexto en que las Naciones Unidas deciden ocuparse de un país que cumple la Ley Internacional mejor que muchas naciones integrantes con derecho a voto, la mitad de las cuales no son ni democráticas. Es por eso que en el momento en que se expresa una defensa a Israel se debe ubicar al agresor en el puesto que merece, no dejando, por ejemplo, que países como Venezuela sienten cátedra bajo la bandera de los Derechos Humanos.

            A nivel interno, el concepto del autoodio se desarrolla de forma sobresaliente por el especialista Theodor Lessing en su publicación El autoodio judío en donde los nombra como una minoría sufriente, durante una cronología de veintitrés siglos. Toda ideología extremista es, desde un principio, poco intelectual (diputados del partido político Meretz, el Podemos israelí, en un ejercicio de aprovechamiento de representación parlamentaria en la Knéset o sede institucional, han afirmado que el Estado de Israel es un estado apartheid, además de compararlo con la corriente del nazismo). Afirmaciones como la anterior no sólo denotan un fanatismo político sino también una banalización automática de la Shoá, el Tercer Reich y lo que es el propio apartheid (que nada tiene que ver con el sufrimiento de las personas de color en Sudáfrica que realmente experimentaron el fenómeno), además, de denotar muy poco rigor académico. Es por eso que de la mano del prototipo de radical antisionista se produce una exageración en sus comparaciones tratando de demostrar que tiene razón, cayendo, lamentablemente, en comparaciones inmorales y un fanatismo no intelectual.

            Hay tres tipos de razones por las que una persona desarrolla el autoodio según Lessing: en primer lugar, los llamados sensores del universo, personas que bajo una superioridad moral juzgan y discriminan a aquellos que consideran débiles; en segundo lugar, las víctimas condescendientes,  personas que desarrollan una imagen de niño vulnerable y agredido en donde a través de una exageración de un mal determinado (hacia el Estado de Israel, en este caso) pretenden ser aceptados entre los opositores (antisionistas israelíes o de naciones extranjeras); y, en tercer lugar, los que ejercitan un mimetismo que oculte su judaísmo para conseguir avanzar en el ámbito profesional o para con la sociedad. En consecuencia, cuanto más se estudia la Historia a la que uno pertenece, Ley Internacional y la forma de pensar del adversario, es cuando se tiende a una moderación: ¿quién es radical en la forma de hablar?, quien sabe poco.

            En lo que respecta al mundo cristiano, en la actualidad se reconoce mucha más presencia pro sionista de lo que hubo en otras épocas históricas, y que, con el Concilio Vaticano II, se transformó en una alineación más evidente en el eje pro Israel incluido el mundo evangélico, a pesar de que Martín Lutero predicara un antisemitismo marcado, las iglesias se han curado de él. Las dos premisas de las que emanaba el antisemitismo se sustentaban, en primer lugar, en la acusación del deicidio y, en segundo lugar, la premisa de la sustitución de la verdad anterior en favor de una nueva y única.

            El mundo árabe no experimenta una simetría entre los ataques de musulmanes hacia población judía y viceversa: los ataques de los primeros hacia los segundos fueron superiores en cantidad e incitados con mayor vehemencia. Sin embargo, en Israel se está viviendo una situación de acercamiento y de coexistencia muy notable entre judíos y árabes en general (pero especialmente con el mundo cristiano árabe quienes se enrolan en las IDF con una mayor frecuencia), pero también aunque en menor medida, del mundo musulmán como protagonistas de un acercamiento basado en dos motivos fundamentales: el darse cuenta de que, tras la Primavera Árabe (2010-2012), sólo se pueden rescatar sociedades fracasadas, es decir, estados que no respetan los Derechos Humanos y económicamente insolventes y, la exitosa cadena de vacunación israelí contra el COVID-19, que no sólo aprovisiona seguridad también de índole sanitaria a este sector de población sino que además lo incluye como parte de ese proceso.

            Dentro de la comunidad árabe israelí existen células de extremistas puntuales y muy importantes: por ejemplo, la Hermandad Musulmana en el norte de Israel, incitadores profesionales en las fronteras internas, que difunden un mensaje de radicalismo religioso malentendido y rechazo a la existencia del Estado de Israel como cuna nacional del pueblo judío. Por ello, es frecuente escuchar que todo el mundo musulmán en Israel es escéptico con el país en sentido estricto pero esa afirmación es generalista y vaga, ciertamente, no todos lo aceptan como estado judío pero con el tiempo ha habido un proceso de aproximación.

            La primera gran crisis reciente estalla en el año 2001 cuando palestinos, de la conocida región del Triángulo al norte del país, salieron a manifestarse contra los cuerpos de defensa intentando, de facto, el asesinato de todos sus miembros. Ello desembocó en una represión que mata a trece árabes israelíes y gesta una Comisión que falla a favor de un abuso de la fuerza sin reconocer la previa incitación al odio de la minoría anterior. Hay dos razones que han provocado esta situación originaria que afecta, a día de hoy a actos análogos: la irresponsabilidad de la prensa israelí a la hora de informar sobre los hechos y, una cuestión silenciada en el país pero desencadenante de los principales males del mismo: su Corte Suprema de Justicia. Y, es que, la ley escrita israelí prácticamente no se respeta y los jueces y magistrados son de corte universalista de extrema izquierda que no basan sus sentencias y fallos judiciales en lo que dice la norma sino en lo que ellos consideran que debería decir (Juez Aharon Barak y el activismo judicial).

            La ley israelí establece, además, que una persona o partido político que incita al racismo (como el diputado Itamar Ben-Gvir de la lista conjunta Otzma Yehudit), partidos panárabes como Jadash, Ta'al o Balad que niegan que Israel sea un Estado judío y democrático o que un partido sirva de base para el ejercicio de acciones delictivas, ese partido o diputados no sólo no debe ser aceptado en la Knéset sino que se le ha de cancelar el cargo por mandato de esa polémica Corte Suprema: quien aplica un criterio probatorio de una forma excepcionalmente restrictiva, lo que permite no sólo incitación al racismo en la cámara sino que diputados de las listas árabes (segregacionistas y negacionistas) realicen el ejercicio parlamentario además de un tránsito errante por territorio israelí con inmunidad diplomática realizando esa incitación antisionista a la población.

            La prensa israelí no critica la Corte Suprema de Justicia porque ideológicamente son afines. La grieta de la verdad se amplía, pero desde la autoría del presente artículo se confía en el acercamiento por encima de la lejanía, a favor de que los árabes israelíes entiendan cada vez más lo conveniente que les resulta vivir en Israel.

            Mucha población judía concibe el mundo actual bajo la premisa de cura del antisemitismo. Sin embargo, a día de hoy resulta incluso políticamente correcto manifestarse como antisemita o antisionista (cuestiones que a efectos semánticos y prácticos son lo mismo). Hoy salen del armario grupos de antisemitas a volver a manifestarse como lo que son. La ventaja es que hoy existe el Estado de Israel y que en comparación con hace setenta años, los primeros emergen desde un punto de vista cuantitativamente inferior. Por su parte, los judíos tienen más honor para defenderse y muchas veces dialécticamente también manifiestan su superioridad a la par que el propio Estado de Israel es una potencia militar, económica y política. De tal modo que los antisemitas modernos utilizan un total de cuatro formas claras de argumentar: en primer lugar, el empleo de mitos modernos; seguido del recurso a los protocolos de los Sabios de Sión y negación del Holocausto; y en último lugar, bajo la premisa de 'no soy antisemita, soy antisionista'.

            Cuatro corrientes del discurso que se combinan trasversalmente con las fuentes principales del antisemitismo actual: la extrema izquierda, claramente antisemita; el islam como excelente promotor y difusor de antisemitismo y, en última instancia, ambos extremos ideológicos cuentan con el monopolio de los medios de comunicación.

            Con el panorama anterior, destacan tres formas de combatir esta corriente: a través de la educación, del instrumento y articulación de los cauces legales para defenderse de la misma (a la integridad personal del judío o sionista de otra religión además de sus derechos de propiedad privada, circulación u honor) y desarrollar la capacidad física suficiente para defenderse de aquella.

            La comunidad sionista acostumbra a perder la perspectiva del tiempo por un condicionamiento a conflictos bélicos periódicos u odio permanente que cambia de forma pero no es consciente que, de facto, nunca ha estado mejor para con el Estado de Israel en términos institucionales, militares, económicos y, más recientemente, sanitarios. El país como potencia militar referente: ingeniería propia de armamento y capacidad y autonomía económica de financiarlo; tiene hoy un promedio líder de ingresos por individuo de 46.000 dólares anuales y una contractualística en términos tecnológicos que hace a la comunidad internacional dependiente del país. En donde, cada vez, experimenta una cercanía progresiva a potencia moral.


Juncal Ferreira

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