Del liberalismo al conservadurismo... y más allá



Este artículo es diferente a los demás. En lugar de comentar un tema de actualidad o una cuestión filosófica concreta, he decidido narrar brevemente mi evolución ideológica hasta ahora. La razón no es que me conceda una importancia que no tengo, sino que entiendo, por lo que he podido conocer, que se trata de una experiencia que compartimos muchos jóvenes de la derecha española actual, y considero que puede ser útil para las nuevas generaciones que se encuentran en la encrucijada de definir su propio pensamiento. También será ilustrativo para nuestros mayores, los denostados boomers, para que se acerquen aunque sea un poco a comprender por dónde discurren las inquietudes de una parte no desdeñable de la juventud derechista. 

Mi crianza transcurrió sin condicionantes ideológicos de familia claros: mi padre era de izquierdas, socialista acérrimo, y solo dejó de votar al PSOE al final de su vida, desencantado ante el rumbo antinacional y la desastre gestión de Zapatero. Mi madre también fue de izquierdas en su juventud, para luego desplazarse a una posición derechista teñida de todos los complejos de su generación: la obsesión por parecer demócrata, tolerante y moderna, el rechazo a los "populismos y extremos de ambos bandos", hasta la propia negativa a reconocerse de derechas. El rasgo más significativo de mi entorno familiar fue un preocupación cívica por la política no común en todos los hogares. Leíamos el periódico cada día y comentábamos los temas más acuciantes que afectaban al país. 

A los 14 años adquirí mi primera identidad ideológica consciente: era liberal. Me inicié en el liberalismo a través de lecturas de internet, y como tantos jóvenes de entonces, vi en este paradigma la alternativa rebelde y combativa a todo lo que representaban Zapatero y su banda. Fui, pues, uno de los polluelos de la llamada "eclosión liberal" que decía Girauta por entonces. Leí a Hayek, Mises, Hazlitt, Friedman..., y me iba radicalizando a cada año que pasaba. Sobre todo en temas económicos, pues el resto de cuestiones me interesaban bien poco. Para mí el mercado era la respuesta a todo. La sensación de formar parte de la disidencia era muy atractiva, y los debates internos en el movimiento sobre infinidad de temas (quién podía ser o no liberal, si era compatible con el conservadurismo o el catolicismo, si éramos monárquicos o republicanos, etc.) garantizaban una implicación continua y un esfuerzo diario por seguir aprendiendo. 

Desde mi entrada en la universidad se inició un gradual pero constante desplazamiento de mi pensamiento hacia un liberalismo conservador. La lectura de los clásicos del conservadurismo americano (Russell Kirk) me reforzó en el convencimiento de que liberalismo y conservadurismo podían ser compatibles, y como anglófilo declarado apoyé la campaña de Mitt Romney en 2012 frente al "socialismo" de Obama. A nivel nacional era un pepero convencido, y la mayoría absoluta de Rajoy en 2011 fue la mejor noche electoral de mi vida. Pronto, sin embargo, comencé a decepcionarme ante lo que percibía como el talante "socialdemócrata" de Rajoy. A mi entender, hacía falta implantar medidas liberales agresivas: reducir drásticamente el gasto público, flexibilizar aún más el mercado laboral, etc. Aún así, no apoyé a Vox en su primera aventura electoral en las europeas de 2014, prefiriendo el mal menor del PP ante la amenaza de Podemos. Cuando el partido de Iglesias, lejos de desinflarse, siguió creciendo hasta incluso amenazar la posición del PSOE, reforcé mi adhesión al PP, dejando de lado las críticas en aras de mantener el statu quo, la estabilidad económica, la Constitución, la UE y todo ese rollo que hoy muchos siguen soltando. La derrota de Podemos en 2016 fue para mí el punto culminante de esa larga batalla. 

A pesar de que durante esos años había leído a otros muchos autores, mis posiciones no se modificaron sustancialmente. Seguía defendiendo el paradigma liberal-conservador, neocon, europeísta y favorable al régimen del 78. La moción de censura de Sánchez no alteró esto, al contrario, lo reforzó. Como afiliado que entonces era a NNGG apoyé a Casado en las primarias y tras su discurso en aquel congreso estaba convencido de que podía representar la alternativa que buscábamos, el mítico "PP bueno", el de Aznar, liberal y no socialdemócrata. Recibí favorablemente el surgimiento de Vox, al que también percibía integrado en dicha perspectiva liberal-conservadora, y durante un tiempo dudé a quién votar. En todo caso, mi visión ideológica se mantenía intacta.

El factor que sin duda más influyó en mi cambio de perspectiva fue mi evolución personal y profesional. Mi entrada en el mundo laboral por todo lo alto (máster en un centro de élite, trabajo en una gran empresa) me proporcionó grandes satisfacciones que, sin embargo, pronto se convirtieron en sinsabores. Desde que era un chaval mi sueño había sido ser un triunfador en el mundo corporativo capitalista. Pues bien, resultó que este mundo no era lo mío. Me retribuía generosamente, pero sin la recompensa personal que yo esperaba. Comencé a experimentar un proceso de creciente alienación. Eché una mirada a la sociedad que me rodeaba y todo lo que veía era líquido: inestabilidad laboral, parejas que no duraban, zonas del país que quedaban despobladas, iglesias que cerraban, un país sin conciencia nacional cuyos habitantes se entregaban al individualismo y el hedonismo... Era muy distinto de mi idea de sociedad, y nunca hubiera creído que ese era el resultado lógico de las premisas liberales. Pero así era. La lectura del libro de Patrick Deneen, ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, me aportó el cambio de orientación que necesitaba para dedicarme al estudio profundo de la tradición conservadora, la cual conocía solo por vagas referencias dentro del binomio libcon, y casi siempre a través del ejemplo estadounidense. 

Los siguientes meses fueron de efervescencia intelectual como nunca antes había disfrutado. A través de la lectura de los grandes del conservadurismo y del estudio de la obra histórica de los mayores estadistas conservadores, aprendí que la propiedad privada y el intervencionismo no son contradictorios. Que la política social es necesaria para la cohesión de un país y la construcción de una comunidad justa. Que la neutralidad del Estado es una gran mentira. Que la religión es la base de todo orden social. Que la nación no existe por contrato y que su unidad no se negocia. Que la familia y el matrimonio son instituciones naturales que no cabe deformar mediante una sórdida ingeniería social ideológica. Que una sociedad que ha perdido el horizonte moral no puede compensarlo con la sofisticación técnica y el crecimiento económico.

Tras un breve idilio con el tradicionalismo (en el cual aprendí mucho, en especial leyendo a Vázquez de Mella y Vallet de Goytisolo), me incardiné decisivamente en la tradición del conservadurismo español, que aprendí a valorar de un modo nuevo, lejos de los centenarios lamentos liberales de que nuestra patria siempre fuera "retrasada" en adoptar los dogmas del mercado y los derechos del individuo. Bravo Murillo, Antonio Maura, José Calvo Sotelo, José María Gil Robles y Gonzalo Fernández de la Mora se convirtieron en mis nuevos referentes. En términos globales se podría decir que pertenezco a lo que en un sentido amplio se va venido en denominar "nacional-conservadurismo", que en los últimos años ha disfrutado de una pujanza intelectual notable con pensadores como Deneen, Yoram Hazony u Oren Cass. Sin embargo, tengo para mí que la tarea crucial de los conservadores españoles de hoy es el redescubrimiento de su tradición nacional propia, antes que copiar modelos importados del extranjero (lo que en el caso del conservadurismo es, si cabe, todavía más impensable, dado su carácter eminentemente empírico y realista). Se impone, en consecuencia, una reevaluación de la historia de España de los dos últimos siglos, prestando especial atención a los grandes hitos de esplendor intelectual conservador: el moderantismo en las décadas de 1830 y 1840, el canovismo en los inicios de la Restauración, el maurismo y el catolicismo social en el período de entreguerras y el nuevo conservadurismo tecnocrático de Fernández de la Mora y López Rodó. El estudio de estas grandes escuelas debe conducir a la formulación de una propuesta conservadora adaptada a la realidad de la España actual, que sin perder nunca las más puras esencias patrias, sea capaz de ofrecer una alternativa realista al marasmo en el que nos hallamos. Afortunadamente, no somos pocos los que, con humildad y en la medida de nuestras posibilidades, hemos comenzado a aportar nuestro granito de arena a esta tarea. 


El Conservador Español

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