Sobre las Misas de Jóvenes

 


Soy consciente de que este artículo no aparecerá en nuestro blog este día, pero hoy es domingo, 12 de septiembre de 2021. Y puedo decir que esta mañana he salido de la misa dominical renovado espiritualmente. Cuesta explicarlo con palabras pero es una sensación maravillosa. La de haber estado de un lugar sacro, donde habita el Señor y nos hemos reunido hermanos en Cristo con la mayor humildad de corazón que nos era posible. Todo ello elevado a los cielos con la belleza del canto gregoriano acompañado con un órgano, el olor embriagador del incienso, la belleza arquitectónica tardobarroca y un sacerdote de los de antes. Claros, concisos, directos. Que no se anda con ambigüedades tibias sino que exhorta y corrige a sus ovejas con humildad y cariño. Y además, con un conocimiento de la Palabra y la Doctrina que hoy escasea incluso entre no pocos sacerdotes. Tranquilos, esta celebración no se llevó a cabo bajo la forma extraordinaria del Rito Romano sino bajo el Novus Ordo. Lo cual demuestra que bajo esta forma se pueden realizar sin problema liturgias solemnes que acerquen al hecho extraordinario.

Quizá mi alegría matutina fue tan acentuada por el contraste con la misa a la que asistí el domingo anterior por la tarde. Me fue imposible asistir por la mañana a la parroquia de hoy –prefiero no dar nombres, por caridad cristiana- y tuve que ir a una que está detrás del piso donde vivo en Madrid famosa por sus “Misas para Jóvenes”. Ya solo la denominación misma de “Misa para Jóvenes”, por su cursilería y exclusivismo debería echarnos para atrás, pero la realidad es que por la cercanía de multitud de colegios mayores de personas de clase media alta alrededor de la parroquia –lo que popularmente se llama “cayetanos”, otra subtribu urbana-, la mayoría de sus feligreses son jóvenes. El espectáculo fue lamentable. Los ademanes y movimientos del sacerdote, indistinguibles de los de un predicador metodista. Sus homilías parecían hechas para personas incapaces de pensar. Tomando a los jóvenes por tontos y haciendo de Jesús una suerte de amigote-libro de autoayuda que te dice lo guapa que eres, lo guay que eres y que te anima a no tener complejos. Hecho para personas que alargan su adolescencia hasta los 25 o más por el infantilismo, el consumismo y la superficialidad reinantes. Y para mayor sorpresa mía, y aunque estoy generalizando, los jóvenes no atendían a la misa sino que miraban de un lado para otro con la única finalidad de asegurarse –especialmente las chicas- de que los chicos las estaban mirando. Una bacanal de lo que en la jerga callejera se llama “postureo” acompañada de música de Pablo Alborán que convierte a Nuestro Señor Jesucristo o a la Santísima Virgen en objeto de amores rotos de verano. Salí, por primera vez en mi vida, disgustado de una misa. De ahí el fuerte contraste.

Muchos me diréis que soy un exclusivista. Que qué tiene de malo si les acerca a Dios. Yo os digo que si de verdad les acercara a Dios de forma mayoritaria –que algunos casos habrá- yo no estaría escribiendo esto. O quizá estaría escribiendo sobre las fallas –que existen y desvirtúan- de un fideísmo carismático que sí acerca a Dios. Pero este no es el caso. Primero, porque la Casa de Dios no es un lugar donde uno va para que le vean y ser visto. No, no debe ser otro sitio más en Madrid o en cualquier sitio donde tienes que ir, junto a la discoteca tal y al bar cual, para formar parte del pack del “cayetano”. Sé que muchísimos “cayetanos” –admitiendo la ambigüedad de tal término- no van a misa por estas cosas. Repito que estoy generalizando. Pero sin generalizar no puede realizarse análisis alguno de la realidad. Segundo, porque muchos de los que van a esta parroquia llevan un modo de vida de pagano, no de cristiano. Todos somos débiles. Caemos. Pedimos misericordia a Dios y, seguramente, volvemos a caer. Pero creer en Cristo es negarte a ti mismo, como decía el Evangelio de hoy. La vida del cristiano es la imitación de Cristo aunque esta sea imposible. Pero todos estos jóvenes, a los cuales muchos conozco, son amigos y rezo por ellos, llevan vida de pagano y les da igual. Son infieles a sus parejas, asisten luego a misa y comulgan como si nada. Salen por la noche a la discoteca y, en lugar de pasarlo bien con los amigos se dedican a buscar a alguien que les acompañe en el pecado de la carne. Pero al día siguiente asisten a misa y comulgan como si nada. Su modus vivendi consiste en obsesionarse por lo material: por lo sensual, por la ropa cara, por el consumo constante. Pero la ropa la corroen las polillas.

¿Miento con todo esto que digo? Ojalá fuera así. De veras. Toda esta crítica la hago desde la caridad y el amor, no desde el odio y el malmeter. Pero creo que esta realidad existe. Negarla no sirve de nada por mucho que ciertas iglesias estén llenas, ¿acaso la mitad de los matrimonios que se producen por la Iglesia no son burgueses y paganos? Claro que lo son. Por ello, nuestros pastores y los laicos debemos intentar remediar esto. Promover la renovación espiritual de la Iglesia a través de los tres elementos que Benedicto XVI nos enseña: la solemnidad de la Liturgia, el respeto por la Tradición Apostólica y el conocimiento de la Palabra. Todo ello, bajo la acción del Amor y la Caridad. Nada de esto se respeta y promueve hoy en muchos sectores de la Iglesia Católica. No solo entre los grupos de jóvenes. Hay casos peores donde se cae en abierta herejía, sin consecuencias, ya sea por miedo a perder feligreses o por miedo a la crítica del mundo. Pero en este Occidente poscristiano, hoy tierra de misión, es preferible una Iglesia pequeña, sencilla y pura que una vacía de Verdad y contaminada por el mundo. No vaya a ser que por ganar el mundo perdamos nuestra alma…


Diego

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